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Opinión:

La última batalla en la tierra

“No hemos heredado la tierra de nuestros antepasados; la tenemos en préstamo de nuestros hijos”. Anónimo.

Por: Carol Zardetto

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Tengo un hijo de 20 años y otra de 22. Sé, a ciencia cierta, que la batalla que les tocará librar a los jóvenes de su generación será por la sobrevivencia de la vida en este planeta. Quizá se trate de la última batalla en la tierra.

Las señales están en el cielo, en el agua, en el campo. No será una batalla contra enemigos físicos que en el peor de los casos podemos aniquilar. Nuestro propio estilo de vida es el enemigo, nuestra forma de pensar. Lo que está en juego es más importante que ninguna otra causa que se haya defendido jamás: la sobrevivencia.

Los desgastes ecológicos son profundos, pero más profundo aún es el ciego narcisismo que nos supone amos de la tierra y de todas las especies con las que cohabitamos. Hemos jugado el juego de la superioridad por tanto tiempo que ni siquiera tenemos ya la capacidad de asombrarnos frente al misterioso y delicado don que nos fue confiado. Nos queda, fundamentalmente, el viejo y codicioso impulso utilitario.

Nuestra sociedad materialista nos aliena, enseñándonos a cada paso, a banalizarlo todo, incluyendo nuestra propia existencia. También está la mecanización de la vida, la rutina que reclama hasta el último hálito de energía. En medio de todo este ruido que quizá haga difícil escuchar, en medio de la rutina, tenemos que encontrar el tiempo para afrontarlo: la vida está en peligro en la tierra. Y esto es asunto nuestro.

Tenemos que repensar nuestra relación individual y colectiva con el mundo, más aún, tenemos que reinventarla. Juntamente con ello, tendremos que cuestionar nuestra idea de desarrollo y progreso, poner en tela de juicio los sistemas políticos y económicos que ponen al hombre en conflicto directo con los sistemas naturales.

Nos ha sido demostrado en los últimos tiempos que las catástrofes naturales son capaces, en un abrir y cerrar de ojos, de desbaratar la más fuerte de las democracias y la economía más sólida.
Imaginemos qué podrá pasar con las nuestras. No padezcamos más de corta visión, pues las consecuencias son inminentes y no hay tiempo para soluciones a medias o medidas mediocres. Exijamos propuestas a nuestros políticos, exijámonos respuestas a nosotros mismos.

Estamos hoy más que nunca envueltos en nuestra sempiterna neurosis colectiva. Las grandes adversidades son grandes oportunidades, y en este caso el amor a la vida puede ser la bandera que, finalmente, nos unifique. Quien sabe, quizás encontremos ahí el propósito profundo que nos viene haciendo falta, como individuos, como nación.   

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