En 2004, el Congreso salvadoreño emitió una serie de leyes antipandillas. Desde entonces, la vida de los jóvenes en los barrios pobres se ha complicado.
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El origen de la “Mara 18”
La Mara 18 se formó en Los Ángeles, California, como la pandilla de la Calle 18 (18th street gang). Sus inicios se remontan a los años setenta, cuando cada vez más chicanos (estadounidenses de origen mexicano), se asentaron en un área en el oeste del centro de la ciudad. Jóvenes mexicanos cuyos padres se mudaron a los alrededores de la Calle 18 formaron su pandilla como respuesta a los conflictos con otros grupos étnicos y la Policía.
La Mara 18 llegó a ser todo un fenómeno por su crecimiento acelerado, consecuencia de su fuerte involucramiento en el negocio del crack, una droga altamente adictiva y relativamente barata. La Mara 18 se esforzó especialmente en el reclutamiento de jóvenes para el consumo y la distribución de crack. Así llegó a ser la mara hispana más grande en Estados Unidos.
Durante los últimos 20 años, miles de mareros han sido deportados hacia las naciones centroamericanas donde nacieron, aunque muchos de ellos salieron de estos países durante su infancia. Fueron socializados en las calles y las cárceles estadounidenses. Algunos no hablaban español, ni tenían familiares en Centroamérica. Su única familia fue la mara. “Las pandillas son la expresión de una realidad en la que los jóvenes están violentados”, analiza el padre Antonio López. “El mundo juvenil está reproduciendo la violencia, porque el sistema socioeconómico está generando grandes masas de jóvenes expulsados, sin oportunidades”.
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El sacerdote español vive en Mejicanos, un sector marginal de la capital, San Salvador. Dirige un centro de formación que ofrece talleres y cursos educativos para mareros, una bolsa de empleo, que abre oportunidades laborales y asistencia sicológica. La sicóloga Cecilia García trabaja con jóvenes que han sufrido graves maltratos: “La sociedad les tiene miedo, pero no hace mucho al respecto. Se les rechaza. Los chicos vienen acá queriendo cambiar su vida, pero no pueden porque la sociedad les da la espalda”.
Tiempos hostiles
Varios pandilleros adultos participan en el esfuerzo de abrir nuevos espacios para los mareros jóvenes. Uno de ellos es Luis Romero. Brincó a la Mara 18 cuando vivió en Los Ángeles durante su adolescencia. Hoy es un pandillero no activo y es además el director de Homies Unidos, una organización salvadoreña apoyada con financiamiento desde Europa. “Vivimos en tiempos hostiles para los pandilleros. Sentimos la presión del gobierno y la presión de la gente que no cree en los jóvenes. Aquí, los pandilleros son vistos como monstruos. Pero tenemos diez años con Homies Unidos y hemos cambiado la vida de mucha gente. Un problema es que en El Salvador siempre quieren erradicar a los grupos de jóvenes. Nosotros creemos que si trabajamos en grupo es mucho mejor. El grupo ya hace cosas en conjunto. La cuestión es enseñarles a los pandilleros cómo hacer cosas que no sean ilícitas”.
Axel, un marero de 15 años, participa en un curso de mecánica. Quiere encontrar un trabajo sin tener que apartarse de su pandilla: “Con ellos me siento más protegido. Andar en las calles es peligroso. Los de la otra pandilla nos andan buscando. Además, uno siempre teme a los policías. Cuando me miran, me gritan: ‘Bicho, ¡parate!’ Ya agresivos, te golpean duro sólo porque sos pandillero. Pero a la larga estamos orgullosos de ser lo que somos. Tenemos sangre para nuestro barrio, aunque no sé si mañana voy a estar muerto”.
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Los pandilleros que sufren más discriminación son los que tienen tatuajes visibles. “El hecho de que andemos tatuados no quiere decir que seamos personas malas o animales”, dice Axel. Su cuerpo está cubierto con innumerables tatuajes, hasta en sus mejillas, sus orejas, sus labios. “Somos seres humanos y queremos que nos escuchen. Tenemos derechos. Pero si salgo a la calle, te aseguro que me van a detener violentamente. Me van a esposar y llevar a la bartolina, la cárcel. El gobierno no nos ofrece centros educativos. Para nosotros solamente existe la bartolina”.
Romero piensa que la estrategia de criminalizar a los mareros es equivocada: “No quieren salirse de las maras porque les da un amor que la sociedad les ha negado. Ni su propia familia les da tal amor”.
Pandilleros panaderos
En el pueblo de Chalchuapa, la represión de la Policía ha resultado en que la Mara 18 ya es poco visible. Los pandilleros se esconden. Un grupo de diez homies vive en un lote de una colonia pobre, alquilando varios cuartos. Entre ellos está Juan Diego, un joven con el cuerpo cubierto de tatuajes, por los que no puede salir a la calle. “Creía que esto es la mejor forma de representar a mi barrio. Me luzco con ellos”.
Juan Diego dice que es preferible vivir encerrado en el escondite que estar en el bote. “Nosotros siempre nos quedamos aquí adentro, viendo la manera de divertirnos. No nos metemos con nadie. Sabemos que estamos entre charada y nadie nos friega nuestra tranquilidad”.
Para poder sobrevivir, el grupo ha empezado una pequeña panadería en la que cinco de ellos producen pan. Cada día, temprano en la mañana, mezclan harina, azúcar, manteca, levadura y agua. Hornean francés y panes dulces. “Unas personas ya de edad se encargan de vender nuestro producto a las casas”, explica Chato, uno de los que más ha impulsado el proyecto. “Si yo saliera afuera con un canastillo lleno de pan, los policías me llevarían, acusándome de robo”.
Al final del día quedan unos tres dólares de ganancia para cada uno de los pandilleros panaderos, suficiente para sobrevivir, demasiado poco para poder alcanzar un progreso económico. Pero Chato está contento. Vive mejor que hace 3 años, cuando estaba en una lista de las 80 personas más buscadas en El Salvador. Huyó durante año y medio hasta que finalmente le atraparon. Después de un mes y 21 días en la cárcel tuvieron que dejarlo libre. Ninguna de las acusaciones resultó viable. “Yo no considero que estar dentro de esta pandilla es un error. Para muchos de los jóvenes es la única familia que tienen, la única oportunidad de sobrevivir”.
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Los muchachos de la panadería, junto con sus parejas y sus hijos e hijas, siguen siendo una clica con un fuerte sentido de pertenencia a la Mara 18. Sienten ser parte de algo más grande, parte de algo importante, unidos a jóvenes en pueblos cercanos, en ciudades salvadoreñas, en países vecinos y lejanos. Valorizan una visión que todos los mareros comparten, el respeto mutuo, la tradición de sus ritos y símbolos, el rencor contra el enemigo común, la fortaleza de su rebeldía. Pero, ante todo, se identifican con los homies con los que comparten todo. Guardan una convivencia armónica, un ambiente alegre de vacilar y trabajar juntos. Las drogas tienen su papel y el alcohol también, pero todos se cuidan entre sí para que nadie se exceda o se desespere.
En las noches hay un ambiente alegre. Todos se reúnen, jugando naipes hasta tarde. “Yo no pienso que tengamos que reinsertarnos a la sociedad”, dice Chato mientras distribuye las cartas. “Esta palabra queda sobrando. Soy salvadoreño y por lo tanto no necesito que me reinserten. Yo le puedo ser útil a la sociedad, pero no me quieren dar la oportunidad de serlo”.
Los alrededores de este microcosmos claustrofóbico no podrían ser más antagónicos. Los mareros están rodeados por un mundo adverso con policías inclementes, pandillas contrarias y una población hostil. Pero adentro del escondite estrecho aprecian su libertad con una alegría juvenil.
En febrero, Homies Unidos le ofreció una beca universitaria a Chato. Al principio le pareció un sueño hecho realidad, pero al final declinó. Sabe que el constante traslado al centro educativo sería demasiado peligroso para él. De todas maneras, trata de no perder la esperanza: “Por el hecho de estar tatuados y reunidos, la Policía puede encarcelarnos, acusándonos de agrupación ilícita. Ojalá que esto no suceda. Que nos den la oportunidad de salir adelante con la panadería. Vienen nuestros hijos y no queremos verlos en la misma situación en que estamos. Queremos una vida mejor para ellos”.
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