El Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos y Centroamérica es una oportunidad que todavía algunos no pueden aprovechar porque no a todos les muestra la misma cara. A un exportador de muebles, uno de textiles y un floricultor consultados, el TLC les trajo tranquilidad para hacer negocios en el mercado más grande del mundo. Sin embargo el tratado le muestra su cara menos amigable a los productores de frutas.
Me senté una tarde a hojear periódicos de hace ocho meses, de cuando el Congreso ratificó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con su país. Recordé que nosotros, los productores de frutas y hortalizas, fuimos los más entusiastas en aquellas primeras negociaciones cuatro años antes.
Vimos nuestros productos ingresar libres de impuestos sin temor a perder los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe que nos extendieron desde los años ochenta, y sin ninguna barrera no arancelaria al mercado más grande del mundo. Nos vimos compitiendo por fin contra los productores estadounidenses y del resto del mundo para estar en la mesa de sus conciudadanos señor Bush, con calidad y mejores precios.
A mis colegas textileros, muebleros, floricultores o los productores de arveja china, lechuga, tomate y chile pimiento, les va muy bien. Se sienten cómodos, el TLC les trajo certeza jurídica de que sus productos entrarán libres de aranceles. Sin embargo, con tristeza le cuento, no todos ganamos con este tratado. Nosotros los productores de aguacates, arándanos, melocotones, naranjas, fresas, frambuesas y berrys, todavía no podemos competir en igualdad de condiciones.
Aunque nuestra tierra rica y fértil nos permite cultivar las mejores berrys y arándanos del mundo a precios competitivos, nuestra piedra en el zapato es la mosca del Mediterráneo. Guatemala no ha sido declarada libre de esta plaga, lo cual nos significa un costo enorme al obligarnos a fumigar nuestro producto.
Le explico: al cosechar, debemos congelar bajo cero la fruta para garantizar su frescura por tres y cuatro días en los anaqueles de los supermercados de su país, donde seguramente, señor Bush, en más de una ocasión las habrá comprado. Probablemente no esté enterado de que al fumigar nuestro producto, además de suponer un costo financiero, acorta la vida de la fruta: esta se calienta hasta 140 grados y al volverla a congelar, se arruina más rápido.
En esas condiciones trabajamos y vemos cómo se acortan nuestras posibilidades de atraer inversión para generar más empleo en el empobrecido campo guatemalteco. La admisibilidad a su mercado es una de esas barreras no arancelarias que todavía nos fastidian y donde quisiéramos que usted nos ayude a facilitarnos esos trámites burocráticos. Hace poco los productores le enviamos una carta a su Departamento de Agricultura de la cual no obtuvimos respuesta.
Qué distintas son las condiciones para nuestros vecinos mexicanos, sus socios en el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, libres de la mosca del Mediterráneo. Vea cómo los campos de Michoacán, Guadalajara y otros estados florecen y atraen a muchas empresas estadounidenses, llegan a invertir y a producir los mismos vegetales que nosotros cultivamos. Qué envidia.
Si tan solo nos permitiera demostrarle que nuestros productos llenan los requisitos de calidad y seguridad alimentaria sin tener que fumigarlos para entrar a su país. Le aseguro que abriría la puerta a miles de pequeños productores de frutas como arándanos, melocotones, fresas, naranjas, frambuesas y berrys. Contribuiría, señor Bush, a reactivar la economía rural, a eliminar la pobreza en Guatemala.
No necesitamos subsidios, no tenemos nada de eso y tampoco le pedimos regalos. Solo permítanos ser competitivos en su país.
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