La Cuaresma ya se instaló con ese aroma a corozo e incienso que tanto nos gusta a muchos.
Méndez Vides
La Cuaresma ya se instaló con ese aroma a corozo e incienso que tanto nos gusta a muchos. Han pasado tres domingos de procesiones, marchas fúnebres, agua fresca y pino verde, y ya se siente muy próxima la Semana Mayor. Un motivo que cada año me mueve a releer los libros que mejor han logrado plasmar el sentido de esta fiesta nuestra. Los tengo juntos, el Cristo de nuevo crucificado del griego Niko Kazantzakis y La puerta del cielo del guatemalteco Luis de Lión. El primero es un grueso tomo de Alianza Editorial y el segundo un minúsculo libro publicado en la serie Ayer y Hoy de Artemis Edinter.
El libro de Kazantzakis lo leo abriendo al azar, para disfrutar cualquiera de los magníficos pasajes de la historia que sucede en un poblado del Asia Menor, en los tiempos de la dominación turca, cuando los creyentes organizan la representación teatral del misterio de la pasión de Cristo. Los actores deberán prepararse todo el año para llevar a cabo la representación. Los principales determinan quiénes serán Pedro, Santiago y Juan, así como eligen a Judas y María Magdalena, y escogen a quien le tocará mantenerse puro todo el año, para hacer el papel de Cristo crucificado. La novela es una joya incomparable que nos introduce en un pequeño mundo habitado por caracteres muy claros.
Judas es el inconforme, y todo el año vivirá quejándose por la desgracia conferida, mientras Manolios, el joven puro se siente indigno de ceñirse la corona de espinas: “Tengo una prometida, he tocado a una mujer, mi alma está en pecado; dentro de algunos días me casaré… ¿Cómo podré llevar entonces el peso terrible de Cristo?”. Pero acepta igual que los demás y se desencadena una historia divertida y emocionante, perfecta para la Cuaresma.
Luis de Lión escribió un cuento singular titulado Los hijos del padre, que relata lo que contempló desde la plaza de La Merced un niño indígena que bajó el Viernes Santo a La Antigua con sus padres y su chucho para presenciar el paso de las procesiones del Santo Entierro. Frente a una alfombra se encuentran los estandartes de los dos cortejos fúnebres tradicionales, el de la Escuela de Cristo, que lleva en andas al Cristo milagroso de los ladinos, y el de San Felipe, que lleva al Jesús yacente de los indígenas. La discusión entre los cortejos se entabla porque nadie quiere ceder el paso al otro, los ladinos imponentes y los indígenas cansados de que siempre les haya tocado hacerse a un lado y esperar a que sea el otro Cristo el que deshaga la alfombra, por lo que estos últimos deciden consultarlo con la imagen en andas. Saben que Cristo nunca ha hablado, pero igual ordenan su descenso para hacerle la consulta, y se sube con proverbial cautela el cucurucho principal, abre la urna de vidrio ante el asombro de la concurrencia y consulta sobre su proceder. El niño no pudo escuchar la respuesta por la bulla y el molote de gente, pero igual presenció todo, porque la imagen había hablado, tal vez porque siempre había necesitado algo de aire, y porque ya basta de aguantar, porque ahora es mi turno, dijo. Los cucuruchos de túnica negra desvaída y ratosa, unos con zapatos, otros con caites y muchos descalzos, decidieron cumplir la encomienda tal y como se les mandó, sacaron el pecho e iniciaron el avance hacia la batalla.
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