Opinión:
El viernes pasado cerré mi columna con la pregunta ¿por qué, si la Constitución misma lo contempla, no ha habido ningún intento de lograrlo? Es decir, ¿por qué no se ha tratado de encontrar formar de facilitar que los grupos indígenas, que constituyen una parte importante del total de ciudadanos de nuestro país, participen activamente en su vida política, dividiendo el territorio nacional en regiones autónomas?
Esta es una pregunta demasiado compleja para responderla adecuadamente en una columna de opinión, pero se puede, al menos, tratar de sugerir algunas ideas que contribuyan a lograrlo. Me parece evidente, en primer lugar, que los grupos indígenas deberían ser los más interesados en ello, ya que la división del país en regiones autónomas les permitiría expresar directamente sus preferencias políticas y de esa forma ejercer sus derechos ciudadanos. Pero yo no tengo noticia de que representantes de las poblaciones indígenas del país hayan jamás reclamado el derecho de participar activamente en la vida política de nuestra nación guatemalteca. Mi ignorancia acerca de estas y otras muchas cosas, según se expresaba Jorge Skinner-Klée de un político, es enciclopédica. No sé si después de Atanasio Tzul jamás haya habido ningún dirigente indígena que haya demostrado interés en la libertad política. Y si así fuera, el hecho sería perfectamente comprensible. Como sabemos, la libertad es un valor occidental, es decir que es uno de los valores fundamentales de la civilización occidental. También sabemos que la civilización occidental se originó de la fusión de elementos griegos y elementos cristianos. Los griegos pusieron énfasis en el carácter racional de los seres humanos, y los cristianos contribuyeron el amor, entendido este, según mi maestro Emmanuel Kant, como respeto y no como amor “patológico”, es decir como el amor ligado directamente a las pasiones. Estos valores, me parecen a mí, están ausentes de las manifestaciones culturales indígenas que conozco. Para expresarlo de una manera más clara, la civilización indígena no es una civilización occidental. Es una civilización americana. Cuando, hace muchos años, yo me puse a estudiar el Popol Vuh, que para mí encarna la primera expresión del espíritu hispanoamericano originario, pues lo dictaron guatemaltecos que ya sabían español y conocían los rudimentos de la religión cristiana, me pareció que se trataba del primer libro hipano-americano. Es por ello que he afirmado que el Popol Vuh es la primera expresión de la nueva conciencia, la conciencia hispano-americana originaria. No se trata, según mi opinión, de un texto indígena, sino de la primera expresión de la nueva conciencia hispano-americana, la conciencia originaria del Nuevo Mundo, la conciencia guatemalteca. Además de la falta de interés de los grupos indígenas por reclamar sus derechos políticos, los no indígenas ven estas cosas con indiferencias cuando no con desprecio. A esta actitud, que nada tiene que ver con la raza, algunos la confunden con el racismo. De manera que ante la falta de interés de los indígenas y la indiferencia de los otros, la posibilidad de reorganizar el país en regiones autónomas no tiene la menor posibilidad de realizarse, aunque las condiciones geográficas y culturales del país lo recomienden a gritos, y la Constitución misma lo contemple, en su Artículo 224. Me parece que la reforma constitucional que en la actualidad promueve el grupo Pro-Reforma tiene mayores probabilidades de éxito. Una de las características significativas del Popol Vuh es que en sus relatos los únicos individuos que aparecen, Vucub-Caquix y sus hijos, Zipacná y Cabracán, son objeto de feroz persecución. A Vucub-Caquix “le reventaron las niñas de los ojos”, porque él decía serlo todo, ya que, según él, uno es todo lo que ve y él lo veía todo. Por ello los dioses decretaron que lo privaran de la visión. A sus hijos gigantescos también los destruyeron. A uno le dejaron caer un cerro encima, al otro lo envenenaron. La civilización guatemalteca autóctona, al igual que las otras de América, no descubrieron al ser humano individual. Es por ello, pienso, que en América Latina no han florecido ni la libertad ni la prosperidad. Agregar comentario: |
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