Opinión:
Modistos y diseñadores son parte insustituible ya del estilo de vida contemporáneo. A veces, para motivar nuestra nostalgia, lanzan sus colecciones con tendencia “retro”, haciéndonos volver con una minifalda estilo Twiggy a los turbulentos años sesenta o con los algodones bordados hindús a la era hippie.
Así nos ha venido pasando estos días con la gira simultánea de Chávez y Bush, que trae a nuestras mentes melancólicas imágenes de rostros ya perdidos: Castro y Kennedy eran entonces jóvenes y, salvando las distancias, disputaban de igual manera, con discursos dicotómicos, la primacía de la atención latinoamericana. Unos pensamientos traen otros. Necesariamente, recuerdo al presidente Arbenz con su esquizofrénica convicción de reclamar para Guatemala el derecho a la autodeterminación, base para construir un futuro acorde a los intereses de los guatemaltecos. El intento fútil fue puesto en el bote de la basura por un sencillo gesto de la todopoderosa nación norteamericana. La intervención terminó con el único intento que hemos emprendido de construir una nación que no parezca de juguete. La voz de mi abuela surge entre las divagaciones sueltas de mi mente: “Gracias a Dios nos salvaron los gringos, mija”, solía decirme. “Si no, estaríamos bien jodidos como los cubanos haciendo cola por una taza de azúcar. Usted ni se imagina cómo sería Guatemala si ellos no nos llegan a quitar de manos de los comunistas”. En algo tenía razón: no me puedo imaginar qué hubiera pasado en este país con una temprana reforma agraria o si hubiésemos podido, sin timidez ni baja autoestima, poner en su sitio los intereses espurios del capitalismo de corte neocolonialista. Quizá todo hubiera terminado en un caótico fracaso, en una aberración, como pronosticaron siempre los disidentes. Tampoco tengo suficiente imaginación para pensar en nosotros sin los 30 siglos que duraron las tiranías militares, vulgares y corruptas. Ni qué hubiera pasado con una izquierda articulada como fuerza política y no sumida en la violencia clandestina. No sé cómo seríamos sin casi 40 años de guerra sucia, sin masacres, sin cementerios clandestinos. No sé dónde estaríamos sin la estructura de un Estado represor del cual todavía no nos libramos. Valiente salvación nos autorecetamos al seguirles el juego a los gringos en el 54. Con extrema sutileza Bush llega a Latinoamérica y reclama algo que teníamos casi olvidado en estos años de abandono: la acostumbrada alineación a los intereses norteamericanos. Mientras el juego geopolítico se plantea sobre el tablero, nuestros miopes dirigentes se disputan alguna baratija de la bisutería que ofrece el mandatario de “la nación más poderosa de la Tierra”. Agregar comentario: |
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