Opinión:
Borges relataba la historia de un tal Otálora, un compadrito que se une a un grupo de contrabandistas y que se propone –desde el principio– montar algún día el caballo del Jefe, tocar su guitarra y acostarse con su mujer. En otras palabras, sustituirlo… Hace múltiples méritos para lograrlo y en cierto momento es objeto de la burla de sus compañeros. Lo que pasa le dicen, burlándose de él, es que tú quieres montar el caballo del Jefe, tocar su guitarra y acostarte con su mujer… Todos ríen a carcajadas y se burlan… El compadrito, sin embargo, se siente satisfecho porque entiende que, para entonces, la broma se había hecho ya posible…
El pasado domingo apareció en elPeriódico un chiste al que debo referirme. Se cuenta en él que el presidente Berger visitó una escuela y que reunido con los alumnos en el aula que visitaba preguntó a uno de ellos por su nombre, y tú, ¿cómo te llamas? Armandito, me llamo Armandito Martínez, respondió el niño. ¿Quieres preguntarle algo al Presidente?, inquirió Berger. Dicen que Armandito respondió de inmediato. Sí señor, quisiera saber, primero, quiénes quebraron el Banco de Comercio. Segundo, por qué no los capturan y dónde está el dinero y, tercero, quién mató a los policías que mataron a los ciudadanos salvadoreños y, si es posible, ¿por qué los mataron? Cuentan que en ese mismo momento sonó la campana del recreo –en lo sucesivo la campana de Berger– y que entonces el Presidente, salvado por la campana, ya no tuvo que responder a estas preguntas. Terminado el recreo el Presidente continuó con la actividad y escogió a otro niño. Tras preguntarle por su nombre, se llamaba Pepito, brindó a este la misma oportunidad que al anterior para formularle unas preguntas. Pepito dijo entonces, sí Señor Presidente, quiero saber algunas cosas: primero, quiénes quebraron el Banco de Comercio. Segundo, por qué no los capturan y dónde está el dinero. Tercero, quién mató a los policías que mataron a los ciudadanos salvadoreños y, si posible, por qué los mataron. Cuarto, ¿por qué sonó la campana del recreo 20 minutos antes de lo normal y, precisamente, antes de que usted respondiese a las preguntas que le hiciera Armandito Martínez y, quinto, ¿dónde está Armandito. Sí, Señor Presidente. La broma ya fue posible y matizo: la broma ya es posible. Si esta historia de humor negro –un humor que entre nosotros ha servido para soportar la insoportable realidad de violencia en que vivimos– se contara de alguno de los presidentes del pasado. Alguno de los presidentes que gobernaron en los 36 años de conflicto, podría entenderlo, pero se atribuye al Presidente actual y, en dos platos, se nos regresa con ella al ingratísimo pasado del que recién creímos haber salido… ¿Salimos? En dos platos, se vincula al Presidente con la desaparición de personas. Se le llama, en otras palabras, asesino. Lo grave es que, al igual que en la historia de Borges, la broma ya fue posible. Hace unos años hube de instar a un ministro de Gobernación para que dejase el cargo. Lo hice porque no ejercía control alguno sobre lo que ocurría en su despacho y, a esas alturas, había sido totalmente ineficiente –las cosas ocurrían en sus narices– sin que se percatase, pero había sido afortunado porque aún no tenía manchadas las manos de sangre y estaba a punto de tenerlas. Lo insté a renunciar, antes de ensuciarlas. Había dejado este ministro –mal inveterado de los pachucos– que otros le manejaran el despacho y que fuesen otros quienes realizasen su trabajo… El pobre ministro se sintió humillado con mis palabras y quiso incluso que nos agarrásemos a trompadas, lo que obviamente no hubiese mejorado su eficiencia. Fue testigo de la escena el Vicepresidente de la República. Llegó a darse cuenta el ministro, sin embargo, que tenía yo razón y asumió la realidad. Había fracasado como ministro pero no se había manchado las manos de sangre todavía –estaba a punto. Dejó el cargo y se fue, afortunadamente, a otros empeños, víctima de la terrible enfermedad que lo consumía: el alcoholismo. En su caso, Señor Presidente, la broma ya fue posible y esto es algo que debería de abrirle los ojos: o pone usted orden en su administración o lo salpicará la sangre. Por mi parte, no pienso volver a abordar el tema que, al final de cuentas, ni los lectores de esta columna ni yo somos su nodriza. ¡Tómelo o déjelo! Agregar comentario: |
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