Como tal, no es democrática, comprensiva o tolerante.
Amable Sánchez Torres
“A florecer las rosas madrugaron / y para envejecerse florecieron…”. Son los primeros versos de un soneto de Calderón de la Barca. Por más vueltas que le dé y más formas que ensaye para eludirlo, y hasta para olvidarlo, el hombre está completamente convencido de la fugacidad del tiempo, del universo y de su propia vida. El polvo como origen y como destino es algo que se le impone, al menos por lo que a su cuerpo se refiere. Esta transitoriedad se ilustra en los libros sapienciales con imágenes como la suerte del rocío o de la flor del heno.
Pero el hombre es insatisfecho y curioso. En su insatisfacción y su curiosidad, vive siempre como de bruces sobre la cornisa del abismo: desde ella trata, paradójicamente, de avizorar lo de más allá, sin desprenderse de lo de más acá. Esto crea en su espíritu una tensión y un desasosiego. Si la vida es algo, es eso. ¿Por qué apuesta el hombre? ¿Hacia qué se siente más escorado? Cantan las sirenas en derredor, tratando de en-cantarlo. Pero ni siquiera canto y encantamiento son la misma cosa. Libertad y alienación campan por sus fueros. ¿Libertad para qué y alienación a qué? La tensión sigue, como elemento definitorio.
Desde que el hombre percibió su vacío ha tratado de llenarlo. Por eso han tenido, y siguen teniendo, tanto éxito quienes ofrecen fórmulas o productos con esta finalidad. Puede tratarse de una fórmula mágica, de un tesoro o de una bisutería. Puede tratarse de un santón, de un estratega del comercio o de un puro merolico. El hecho claro es que hay un consumidor que no puede dejar de serlo. Ante esta perspectiva, parece que pueden garantizar mayor éxito quienes ofrecen cosas más nuevas. No tanto mejores, sino más nuevas. La pátina y añejez de lo viejo –que supuestamente implicarían cierta profundidad y autenticidad– no suelen suscitar la atención de muchos. Sí, en cambio, la novedad; una novedad que se acepta sin crítica, como si ya constituyera una garantía por sí sola.
Esto suele darle a la vida un cierto carácter light, alado, falto de fijeza y de hondura. La moda impera e impera despóticamente. Como tal, no es democrática, comprensiva o tolerante. Es un dictado y así se hace valer. Ni ruego ni diálogo. Solo ella. Pero la moda es suicida y víctima de su propia inestabilidad. Hoy triunfa y mañana está enterrada. Por eso creo que preocuparse por estar siempre de moda o a la moda es señal inequívoca de inestabilidad y envejecimiento. Es natural entonces que a quienes así viven no se les valore por lo que son, sino por lo que aparentan. Pero eso es únicamente culpa de ellos.
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