Proteger a un niño “fue una respuesta instintiva, un compromiso que uno toma como ser humano”. Valerie Tranchard
Arturo Monterroso
La noticia sobre la redada de inmigrantes ilegales en New Bedford, Massachussets, llevada a cabo con un gran despliegue militar, puso en relieve un grave problema que seguramente no es nuevo pero que había pasado desapercibido para muchas personas: el destino de los niños nacidos en Estados Unidos, separados de sus padres al ser estos detenidos y deportados. Cuando estuvo en Guatemala, Bush dijo que “el incidente” tuvo lugar para hacer cumplir la ley y que no se trata de una conspiración en contra de los niños de Guatemala porque su país es “decente y compasivo”, un país que cree en la familia y trata a la gente con dignidad. Si estos conceptos van más allá de la retórica (hasta ahora no ha sido siempre así) y si el proyecto de ley –ojalá favorable a los inmigrantes ilegales ya establecidos en Estados Unidos y a los trabajadores temporales– logra consenso en el Senado, podría haber alguna esperanza en la cacareada reforma integral de la inmigración. Mientras tanto, los efectos de las masivas deportaciones se dejarán sentir no solo en la economía sino en las relaciones familiares, deterioradas desde siempre por la disgregación.
La angustia de la separación de los hijos que permanecen en el “país anfitrión” (un eufemismo para nombrar a cualquiera de los países a donde llegan a trabajar los inmigrantes de las vastas regiones pobres del planeta) es tan grave como la de los hijos que se quedan en el país de origen cuando los padres deciden emigrar. La forma fría y legalista como se enfrenta muchas veces el “problema” de los inmigrantes olvida un aspecto fundamental: se trata de seres humanos; de personas, frecuentemente explotadas, que tienen una familia. Y cuyos hijos quedan muchas veces desprotegidos. Por eso me interesó el reportaje Los niños ocultos de Francia, publicado en la revista británica Eve, de marzo de 2007. El reportaje –que lo reconcilia a uno con la humanidad– prueba que más allá del racismo y la xenofobia, tan común en los países desarrollados, hay todavía un aliento reconfortante de solidaridad. Y cuenta la historia de Christine Pitiot y Valerie Tranchard que, como muchas otras madres francesas, han arriesgado su seguridad para proteger a niños sans papiers (hijos de inmigrantes ilegales), aunque algunos hayan nacido en Francia. El grupo Réseau Education Sans Frontières (RESF), Educación sin fronteras, se dedica a proteger a inmigrantes ilegales en riesgo. A ellos se debe la idea de ocultar niños sans papiers en casas de familias francesas porque las autoridades de inmigración solo deportan a familias ilegales completas. Según el reportaje, el RESF estima que al menos 40 mil mujeres francesas han ofrecido sus casas para albergar a niños inmigrantes ilegales. ¿Hacen otro tanto las madres estadounidenses y no nos hemos enterado?
En todo caso, no se trata de una decisión ligera. Ocultar a un inmigrante ilegal, aunque sea un niño, es penado por la ley. Y ese acto de desobediencia civil podría costarle a esas mujeres francesas cinco años en la cárcel; un riesgo que están dispuestas a correr simplemente porque se trata de que una madre ayude a otra cuando lo necesita, como dice Pitiot, sin tomar en cuenta su origen. La ayuda funciona porque los niños no son confinados a una habitación sino incorporados a la vida de la familia que los recibe. Y continúan asistiendo a la escuela con sus compañeros franceses, quienes no pueden evitar tener miedo de que sus padres terminen en la cárcel; una preocupación a la que los maestros le han salido al paso, explicándoles que hay situaciones en las que la gente tiene que violar la ley para seguir el dictado de su conciencia. “¿Queremos un país tolerante y multicultural o un país cerrado y xenofóbico?”, se pregunta un vocero del RESF, quien afirma que se trata de “una lucha por el alma de Francia”. Quizá así pueda hacerse realidad el deseo de Ségolène Royal, quien dijo, en otro contexto (Newsweek, 12 de marzo de 2007), que “quiere para todos los niños nacidos y criados en Francia lo mismo que para sus propios hijos”.
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