laColumna: Hoja de Vida
Yo no tengo un papá pirata; tengo una tía pirata, vaya. Cada cierto tiempo llega con su botín de estrenos recientes. Ella misma los desencripta e imprime sobre el disco carátulas que copia del internet.
Un trabajo impecable de un ama de casa muy meticulosa. Cómplice gozosa, embolso mi preciado botín y al llegar a casa, cuando los niños se han dormido, veo películas. He visto en pantalla de 32 pulgadas The Departed, Little Miss Sunshine y el Laberinto del Fauno. Si tuviera que esperar a que las exhibieran en las salas de cine, tendría que tragar en seco ese sentimiento de vivir en una esquina del mundo; más acuciante ahora que el internet ha trastocado las distancias y el tiempo. Pero los piratas (y la tía pirata) nos han liberado del provincianismo. También del engorro de rentar originales en mal estado a los alquileres de videos, amén del pago de multas estratosféricas por devoluciones a destiempo. El ligero malestar que quisieran hacernos experimentar los estudios cinematográficos con los maniqueos anuncios antipiratería que calzan a todos los largometrajes resulta nimio. Insignificantes son este y otros esfuerzos por defender sus ganancias legales, cuando ya se descargan 600 mil películas diarias del internet. Un par de labradores han sido entrenados a un costo de 17 mil dólares para olfatear los químicos empleados en los discos ópticos, pero ahora el sindicato de Johor, los padres asiáticos de la piratería a quienes las perritas contribuyeron a hacer perder 3 millones de dólares en copias, ha puesto ya precio a sus cabezas caninas. Qué mundo. Mejor sería cambiar con los tiempos, digo yo. Es cuaresma y no debería andar haciendo apología del crimen. Pero si las consiguen prestadas o en la Sexta, no dejen de ver esta Semana Santa las tres películas que les mencioné. Lo siento, amigos lectores, la tía sólo delinque ad honórem para la familia. Agregar comentario: |
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