De los setenta también está ‘La misa campesina’, de Carlos Mejía G.
Luis Aceituno
Ahora que Benedicto XVI ha expresado su malestar por la inclusión de “ritmos modernos” en la liturgia de la Iglesia católica, me vienen a la memoria aquellas misas “sicodélicas” de principios de los años setenta. El rock entrando de lleno a templos en donde, antes del Vaticano II, lo más estrafalario que había llegado eran las estudiantinas.
En realidad lo que nosotros llamábamos “misa sicodélica”, en una Antigua Guatemala bastante alejada en aquellos tiempos del mundanal ruido, era al grupo del colegio tocando una versión heavymetalosa del Jesucristo, de Roberto Carlos, y algunos aires de Superstar y de Godspell. Jeans desteñidos, caites, afros, minifaldas y un inquietante aroma a pachuli completaban una escenografía presidida por un cura cuarentón que se había dejado crecer el pelo para no sentirse tan fuera del asunto.
Sin embargo, en otros santos lugares, hubo personas que se lo tomaron más en serio. Una de ellas sería el mítico compositor francés de música electrónica Pierre Henry quien ahí por 1965 compuso su Misa para el tiempo presente a ritmo de jerk y, más adelante, junto a Spooky Tooth –banda emblemática de la sicodelia inglesa-, Ceremony. Dos obras curiosas, radicales y exquisitas.
De los setenta también está La misa campesina, del nicaragüense Carlos Mejía Godoy, levemente inspirada en ‘La misa criolla’, del argentino Ariel Ramírez, pieza maestra del folclor latinoamericano. Ramírez también produciría en 1973 una extraña versión rockera de su misa junto a una efímera banda del underground porteño llamada Gorrión.
Ahora bien, si lo que queremos realmente es sacar de sus casillas a Joseph Ratzinger, lo más recomendable es la versión de Jesucristo Superestrella en japonés. Los enfrentamientos entre Jesús y Judas pueden llegar a sonar demenciales. La ópera se puede bajar completa del sitio blog.wfmu.org.
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