El sonido que emiten la lira, la trompeta, redoblantes y otros instrumentos invitan en los cortejos procesionales del país a iniciar un recorrido siglos atrás, con la recreación de la muerte y resurrección de Jesucristo.
De acuerdo con el investigador de marchas, Luis Gerardo Ramírez, estas tienen un sonido nostálgico y triste que hace que los corazones se conmuevan y humillen, al recordar estos días. La mayoría está dedicada a las imágenes como Mater Dolorosa, que acompaña a Jesús Nazareno de los milagros en el Domingo de Ramos, una marcha compuesta en 1942.
Ramírez explica que el 99 por ciento de las marchas fúnebres son compuestas por autores guatemaltecos.
Algunas bandas tocan todo el año en diferentes actividades y conciertos, para muchos de sus integrantes es un trabajo extra, pues se dedican a otras actividades, y en Semana Santa prestan sus servicios.
Pueden ganar desde los Q50 hasta los Q150, según la banda y el día, pues esto es acordado por el director y la Hermandad que la contrata.
No todas las melodías tienen relación con la imagen, algunas son compuestas por vivencia personal de los músicos, como Dios es amor, una marcha que antes se llamaba Que Dios se lo pague, esta se caracterizaba por tener más de cien músicos y como no alcanzaba el dinero para pagarles, les decían: “Que Dios se los pague”.
En la ciudad se calcula que hay al menos 20 bandas que participan en cortejos procesionales, cada una cuenta con no menos de 20 integrantes.
De acuerdo con el historiador Celso Lara, Guatemala no puede entenderse sin la Semana Santa, así como no puede existir sin marchas fúnebres procesionales.
Surgieron a finales del siglo XVI con el fin de acompañar los cortejos procesionales de sepultados y nazarenos durante la Semana Mayor, por lo que se convirtieron en el canto fúnebre del guatemalteco.
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