Lo que más me llamaba la atención de las procesiones eran los romanos. Unos señores con falda y cascos extravagantes que se desplazan solemnemente al lado de las andas, cuidando que el Cristo no se escapara de su martirio. O por lo menos esto último comprendí yo, después de que me explicaron que estos eran los malos de la película.
Tendría tres o cuatro años cuando por primera vez la Semana Santa empezó a causarme cierta gracia. Mi madre me vestía de cucurucho y me llevaba a la que llamaban la procesión de los pequeños. Ahí se cargaba a un Nazareno con cara de Niño Dios, que más bien parecía propio de un nacimiento.
Me hubiera gustado más bien, sin embargo, que me vistieran de centurión –como también le llamaban a los romanos– y desplazarme a caballo por las calles de la ciudad, metiéndole miedo a la gente ¿Con qué objetivo? No sé, pero siempre es bueno que lo crean a uno representante de algún imperio oscuro y poderoso.
En la televisión pasaban una caricatura de Hércules, que no era romano sino griego, pero para mí a esa edad no había mayor diferencia. Siempre me pareció como salido de la procesión del Viernes Santo, el pobre, desplazándose con faldas por territorios mitológicos.
Como se ve, mi primeros acercamientos a la historia antigua tienen mucho de delirante. Después me enteré, también por la tele, de que yo no andaba vestido de cucurucho sino de palestino, y ahí se empezó a complicar el asunto. ¿Quiénes sentenciaban a Jesús? ¿Quiénes lo cargaban? ¿Quiénes cuidaban de que no se escapara? ¿Quiénes eran los buenos, quiénes los malos? ¿A qué bando había que pertenecer? ¿Por qué mi mamá se negaba a que saliera en la procesión vestido de Hércules? ¿Por qué los señores de la banda musical no andaban vestidos de nada? ¿Qué pito tocaban los palestinos en todo el asunto?
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