Las cifras que da la noticia son incuestionables, además apabullantes. Apple anunció que ha vendido 100 millones de iPods, desde su aparición hace seis años.
Jorge Sierra
Las cifras que da la noticia son incuestionables, además apabullantes. Apple anunció que ha vendido 100 millones de iPods, desde su aparición hace seis años. E igual, ha dicho que el número de descargas legales de música creció el año pasado en un 106 por ciento, lo que se traducen en US$945 millones del volumen en el negocio del sector, que representa algo así como el 11 por ciento del total en la industria.
Aquí se desgajan dos temas. El primero tiene que ver con los aparatos. Algunos los toman como el equivalente a estar en lo alto de la pirámide de la tecnología. Pero cabría preguntarse si en realidad los compran para paladear la música o para vivir la experiencia del iPod.
Que son una maravilla lo son, pero ya está visto que estos ergonómicos aparatos aplanan cualquier percepción histórica de la música. Sin ningún esfuerzo mental, se naufraga en un mar de gigas, pero la escucha resulta tan trivial cual si fuese un hilo musical de circuito cerrado.
No existe entonces, relación física con la música. No hay caja, no hay folleto, no hay fotos, no hay escritos. De plano el concepto de obra se pierde.
Y el otro asunto son las descargas. Las ventas de discos han caído en forma vertiginosa, al grado que para los artistas situarse en el número uno de las listas de popularidad puede significar tan solo ventas de 4 o 5 mil discos. En el negocio estas cifras producen vergüenza, al grado que se ocultan.
Lo extraordinario a todo es que la crisis se vive silenciosamente. No ocurriría igual en el negocio de los libros, del cine o del teatro. Habrían protestas por ejemplo. Pero la música no tiene ese músculo corporativo necesario para hacerse oír. Y cuando lo intenta, lo hace con demasiada timidez o torpeza.
Empero la paradoja es que nunca se había consumido tanta música grabada como ahora, aunque los consumidores han decidido que no quieren pagar por ella. Echan mano de excusas maravillosamente imaginativas, así que reivindicar el valor de la música se confunde con defender privilegios.
Ahora bien, si esas cifras que Apple divulga son arolladoras, mañana lo serán más. La razón es que el beneficio económico que deja ese desenfreno de consumidores en las descargas, es que sitios como Amazon.com o iTunes venden hasta el cansancio el mismo producto con bajísimos gastos operativos, de producción y de distribución.
Ahora bien, un asunto que preocupa es que esos site espolean el crecimiento de lo que el compositor John Adams llama: la mezcla de sensibilidades de la cultura musical. Esto es que las fronteras entre géneros musicales se desgastan velozmente. De ahí que en la categoría de música clásica por ejemplo, se incluya música de películas. Igual ocurre con el rock y el jazz. Tras el informe de Apple, también hay innobles situaciones.
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