Guatemala debe ser el único sitio del mundo en donde los caminos no llegan a los pueblos.
María Olga Paiz
No hace falta desviarse, salir del rumbo o siquiera buscar el bulevar de entrada. Abre uno la ventanilla del auto, extiende la mano y ahí está el país, a la mismísima orilla de la carretera. Sin necesidad de zoom 16x. Guatemala debe ser el único sitio del mundo en donde los caminos no llegan a los pueblos sino los pueblos salen al encuentro de los caminos.
En otros lares las ciudades y aldeas se organizan próximas a ríos o lagos o puertos, alrededor de un centro, con iglesia, palacio de gobierno, y plaza con fuente y chorritos. En torno a algo vital o significativo, se entiende. Aquí en cambio es la carretera el corazón palpitante de un poblado. Ningún alcalde osa prohibir la construcción al mismísimo borde de la vía (luego, claro está, se vuelve imposible demoler pueblos completos para ampliar la autopista). A su vera se establece el templo neopentecostal, la cantina, la tienda, la panadería, la estación de Policía, y todas las casas que puedan apuñuscarse al frente con su rostro sucio. Aunque vivan hollinados de diésel, abrumados con el rugido de los motores o empolvados hasta los cheles. Aunque los viajeros atropellen a los niños y a los bolos y destripen cada tarde a chuchos, coches y gallinas del patio. Aquí, ningún paisano piensa en darle la espalda a la vía o construir, como en otros sitios, barreras protectoras entre su vida y la carretera.
¿Quién va a hacerle un desaire tal a la doña? Por ella llega la luz, el transporte, y muchas veces el sustento.
Algún resabio hay también, me imagino, de esa necesidad de rendir pleitesía al de fuera, al que va de paso y regala la existencia con su fugaz mirada.
Pero más aún que un afán de ser vistos, late en esos pueblos el temor de quedar olvidados. Y así, extraviados en la memoria como cualquier paisaje demasiado familiar, es como dejamos atrás esos asentamientos de camino.
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