Casi nadie pudo imaginar que concluida la política de exterminio, planificada y ejecutada por el Estado de Guatemala, de 1978 a 1986, resurgiera –literalmente de las cenizas– un movimiento maya diverso en su conformación, que abrigaba desde voces campesinas, viudas, familias de refugiados y retornados, niños y adolescentes huérfanos, profesionales rurales y urbanos, hasta comunidades que deambulaban en la selva, quienes en medio de una extrema pobreza luchaban por hacerse oír.
Este “nuevo” movimiento maya fue delineado, en su reconformación, como en sus planteamientos y discursos por las atrocidades de la guerra. Y por las estrategias que generaron los sobrevivientes, porque los mayas utilizaron la época de terror para retirarse y procesar los extremos del genocidio a los que el racismo llevó a los militares y a quienes los entrenaron y financiaron –dentro y fuera del país– para ultimar a las comunidades que erróneamente fueron generalizadas y acusadas de ser la base social del movimiento guerrillero. A estas alturas, los asesores nacionales e internacionales del Estado, en materia de contrainsurgencia, y como parte de las lecciones aprendidas, deberían de reconocer que, ante las evidencias, cometieron uno de los mayores errores de su carrera, pero fundamentalmente deben aceptar que tienen una deuda con la humanidad porque son responsables, junto con los ejecutores materiales, de crímenes de lesa humanidad, en contra del pueblo maya.
Estos “expertos” se cegaron ante el otro. Prevaleció su eurocentrismo, que les impidió reconocer que los indígenas como colectivos han sido a lo largo de su historia heterogéneos. Aun quienes pasaron años “estudiándolos” no se percataron que son grupos atravesados por condiciones de clase, ubicación geográfica, relaciones de género, que viven dentro de espacios de poder desiguales y que están en constante lucha por mantener una correlación de fuerzas.
Quetzaltenango no fue la excepción a la ceguera. El sector conservador de la ciudad, incluyendo los medios de comunicación, apostaba a que el Comité Cívico Xel-Jú no participaría en las elecciones generales de 1990, porque no lo hizo en 1982 y 1985 dada la represión. Dentro del Comité también se vivieron debates, entre quienes deseaban participar, porque de no hacerlo implicaba la muerte de Xel-Jú y los que proponían enterrar esa etapa de participación política de los k’iche’.
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2 comentarios:
Rolando Alecio R.: (2007-04-16 20:11:04 horas)
Agrego, a mi comentario anterior, que el "Adamcismo" es, de alguna manera, la concresión por excelencia de la antropología norteamericana en Guatemala.
Rolando Alecio R.: (2007-04-16 18:57:27 horas)
Más que "eurocentrismo", el enfoque teórico con el que se analizó a la sociedad guatemalteca fue el "Adamcismo", como llamara el Dr. Humberto Flores Alvarado a esa división mecánica y rígida de la sociedad guatemalteca, en indios y ladinos, propuesta por el también antropólogo Richard N. Adams, en los años 50. Adams propuso, en aquella época, la heterogeneidad de ambos grupos socioculturales (vrg. todos los indios son básicamente iguales, todos los ladinos son básicamente iguales) y pronosticó la desaparición de las particularidades culturales de los indígenas por lo que el denominó proceso de "ladinización".
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