Un espacioso zaguán de piedra servía de entrada principal en las viejas casas coloniales de Guatemala. Era como la antesala a la casa.
María Elena Schlesinger
Un espacioso zaguán de piedra servía de entrada principal en las viejas casas coloniales de Guatemala. Era como la antesala a la casa. Se entraba de la calle por el portón de madera y directamente se pasaba al zaguán: se estaba adentro, pero sin estarlo realmente, porque desde allí solamente se podía vislumbrar el esplendor o las miserias de la casa.
Desde el zaguán se miraba, por ejemplo, los amplios corredores con sus mecedoras y sillones de petatillo. Se miraban los macetones con geranios rojos, las jaulas de los canarios colgando de las vigas de madera, el duraznal y hasta se podía ver si había un búcaro chorrreando agua.
En el zaguán de entrada se marcaba la primera de las fronteras de la casa. De allí no pasaban sin licencia o beneplácito las visitas de poca confianza o todo aquel que tuviera rango inferior a los dueños del inmueble, ni tampoco los hombres si se trataba de una casa en donde solo habitaban mujeres.
En los poyos de piedra adosados en las paredes del zaguán se sentaron a esperar su turno los mozos de la finca que llegaban a pedir un adelanto para poder cubrir alguna enfermedad o sepelio. La señora de trenzas y rebozo con la niña a tuto, atacada con una extrañísima calentura, “que por favor no pase más allá del zaguán” ordenaba la señora, “porque no sabemos qué males nos trae la criatura”. El indio descalzo de calzones blancos y caites de pitas de cuero, quien con el sombrero en la mano y la vista gacha a las piedras del piso, le pedía al señor, la venia y favor inmenso de ser el padrino de su patojo: todas aquellas personas, al igual que el vendedor de pájaros, el de telas, la sirvienta con encargo de entregar un plato de hojuelas enmieladas y los cientos de ahijados que tuvieron los señores feudales de la época de la Colonia, debieron aguardar con paciencia su turno, y su tiempo en el zaguán de la casa, porque su rango o su condición no le permitía pasar más allá de aquella antesala de paredes blancas y piso empedrado de pequeñas piedras, con adornos de huesos de animales dispuestos en diseños geométricos, el cual se alumbraba de noche con la luz solitaria de un alto farol.
Muchos dueños de casas se portaban benévolos y generosos con sus visitantes del zaguán, y como una deferencia, ordenaban a sus sirvientes que les sirvieran in sitium, batidores de barro con frescos de horchata o naranjada o bebida de chocolate batido, utensilios de barro que tenían destinados específicamente para estos menesteres, y los cuales nunca mezclaban con los utilizados en la casa.
Muchos amores y desamores se fraguaron en las oscuridades de los zaguanes coloniales, ya que las niñas de casa, sus madres o sus sirvientas esperaban la noche para encontrarse allí con sus amores prohibidos.
Señala José Joaquín Pardo en su excelente guía de La Antigua Guatemala advierte que él conoció en La Antigua dos casas en las cuales a un extremo del zaguán tenían discretos servicios sanitarios para ser utilizados por los visitantes que no podían pasar de aquella primera frontera virtual, fronteras y prejuicios seculares que bien pueden explicar nuestras actuales taras sociales.
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