“Lo he visto todo; no obstante, ahora no se trata de lo que he visto, sino de cómo lo he visto”. Antón Chéjov.
Arturo Monterroso
Haber descubierto las palabras fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida. Leí desde pequeño. Andersen y Grimm, pero también Turok, el guerrero de piedra, y El llanero solitario, alquilados por dos centavos en una venta de discos de la avenida Bolívar, cuya lectura estuvo siempre acompañada por Venus, de Frankie Avalon, y Extraños en el paraíso, quizá cantada por Tony Bennett; las historietas de Marjorie Henderson Buell, pero también Perrault y Salgari; Hoffmann y las historias de la tradición oral rusa, como la del fascinante y perturbador Pájaro de fuego, que Stravinski convirtió, a principios del siglo pasado, en una música todavía contemporánea. Pero no descubrí la magia de las palabras sino hasta que empecé a escribir. Quizá tenía 11 años y aún no había abierto la puerta que permite traspasar la desconfianza que generan los libros; una desconfianza y un temor abonados por los malos profesores –una abrumante mayoría– que recomiendan la lectura como antes se prescribían los purgantes: algo insufrible aunque necesario. Pero una vez pasada esa puerta –donde se abandona la necedad de los adultos que nunca aprendieron a leer– entra uno a un lugar donde se ha roto el mito de los libros concebidos solo como instrumentos, como mecanismos capaces de producir alguna utilidad. Y entonces se descubre que leer es uno de los grandes placeres de la vida; encuentro, evasión y transporte a lo desconocido; refugio, maquinaria de relojería y barco capaz de navegar en la mente ajena.
Más tarde, en plena adolescencia y absoluta frustración de lo que estudiaba en el colegio, alguien, seguramente un disidente, me prestó Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y tras él vinieron Dostoievski, Proust y Whitman. Años después descubrí, perdido en un anaquel de librería, Novela con cocaína –un libro atribuido durante un tiempo a Nabókov pero en realidad escrito por M. Aguéiev–, que, como otras lecturas, me permitió vislumbrar las posibilidades de la palabra escrita. Así que desde entonces empecé a coleccionar palabras; como un loco que de pronto descubre la cordura: Alonso Quijano en sus últimos días. O, mejor aún, como un cuerdo que quiere volver a la locura: don Quijote prometiendo tajar cabezas llenas de soberbia con el filo de su espada. El problema radica en que mi memoria guarda todo donde hay poca luz. A veces podría decir, como Stendhal, en La vida de Henri Brûlard: “No tengo ningún recuerdo. Ese es uno de los grandes defectos de mi intelecto: no paro de darle vueltas a cualquier cosa que me interese, y a fuerza de examinarla desde diferentes puntos de vista mentales, al final veo algo nuevo y altero por completo su aspecto. Extiendo el tubo de la lente y enfoco en todas direcciones, o lo repliego”.
Una vez leídos los libros, tiendo a recordar muy poco. Quizá solo unas pocas frases, una sombra del argumento o una impresión de las voces que compartieron conmigo sus secretos. O su música. Porque las palabras se construyen también con un tempo que subyace en la puntuación y la sintaxis; más notoria, a veces, en los poemas, como cuando Sor Juana dice, sin poder ocultar un impulso erótico: “Detente sombra de mi bien esquivo. / Imagen del hechizo que más quiero, / bella ilusión por quien alegre muero, / dulce ficción por quien penosa vivo”. Pero la lectura es también un viaje de desciframiento, una forma de liberarse de un peso, como escribe Susan Sontag. Y un modo de aferrarse a la vida, reconfirmado en el acto de escribir. Escribo quizá para liberarme de ese cáncer al que se refería Pavese: “De ese excremento cotidiano, de ese mal a plazos que es la insatisfacción; el punto de choque entre el ser real y la infinita complejidad de la vida”. Escribo quizá porque he dejado de creer –acaso nunca creí– que la humanidad terminaría triunfando, como nos recuerda Sábato que dijo Goethe. O porque necesito construir una escalera para llegar a algún lugar, como dice Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, refiriéndose al orden que imagina nuestra mente.
Guatemala, 19 de abril de 2007 amonterroso@guate.net.gt
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