Cuando Byron Godoy dice que se lo llevó el tren no es una queja de sus cansadas jornadas tras el volante del bus urbano que conduce. Tampoco lo hace Mayra cuando cuenta que ya una vez se la llevó el río al salir del trabajo, o Gustavo Blanco, un administrador, a quien hace años se le cumplió al pie de la letra aquello de comer “chucho”. Ellos vivieron un dicho en carne propia.
| chucho |
Dijo que quería comer perro. Buscamos y por fin encontramos un restaurante donde lo servían; una exquisitez rara y por lo tanto muy cara. Eran trocitos de carne, como costillitas en salsa agridulce… sabroso. De los cuatro que lo acompañamos dos comimos perro, y los otros dos declinaron la invitación.
Yo creo que esa fue mi primera prueba de fuego, la de respetar la cultura del país a donde fuéramos, y la dieta era parte del paquete. A los tres guatemaltecos nos enviaron a Filipinas, donde se come perro.
Viví en Manila, en la capital, donde no es un plato tan común, como sí lo es en el sur del país. En Manila lo cotidiano son huevos de pato de 18 días, con el patito ya formado; es toda una industria para satisfacer a miles de comensales. También comí huevos de pato de 18 días; saben como a huevo duro con pollo. A donde fueres, haz lo que vieres.
Para aprender el idioma viví un tiempo en casa de una familia que precisamente era originaria del sur de Filipinas. En una ocasión celebraban algo especial y el plato fuerte también era algo especial, perro: por segunda vez comí “chucho”. Comí la carne y unos como chicharroncitos que hacen con los intestinos, les dicen “azucena”. Saben muy bien, como los chicharrones de cerdo. Si eso la espantó, pues le cuento que la sangre también la preparan como en un caldito y es muy sabrosa.
Pasaron los meses y llegó el día en que viajé hacia el sur de Filipinas. La experiencia fue otra en el mercado al ver a los perros como vemos aquí a las gallinas, entre canastos, listos para una ama de casa que quiera cocinarlos; listos para satisfacer algún antojo. Se parecían a los perros callejeros de aquí, con la diferencia de verse limpios y bien nutridos. Allí estaban entre canastos, con las patas amarradas y un bote en el hocico a manera de bozal. Allí sí me dieron lástima.
Bueno, y por tercera vez comí “chucho”. Viajaba siempre hacia el sur de Filipinas con un obispo, e hicimos una parada en un restaurante sobre la carretera, y allí me invitó a comer la especialidad de la casa: perro. Desde que regresé a Guatemala hace 13 años, ya no como perro.
Me llevó el río
Mayra
Psicóloga
Mi esposo, el único espectador de aquella escena, estaba adentro del carro, seco, con los vidrios hasta arriba.
Ni río ni riachuelo que los mapas registren cerca de mi trabajo en la zona 15, por el bulevar Vista Hermosa. Pero a mí, aunque roce en lo absurdo y suene a contradicción, por esos rumbos me llevó el río, literalmente.
Fue una de esas tardes cuando la lluvia se pone y no hay tragante que haga frente a tantísima agua, ¡era casi el diluvio! Parecía que gotearía por bastante tiempo, y así fue: llovió y llovió.
| rio |
Como cada tarde, mi esposo pasaría por mí, pero el tráfico y un desperfecto en el carro interrumpieron la rutina. Se quedó cerca de mi oficina, así que una compañera que iba de salida ofreció acercarme en su carro a donde él estaba y así lo hice. La lluvia no dio tregua y ni modo, me bajé con sombrilla en mano, lonchera y bolsa.
Mi esposo esperaba dentro del carro, justo del otro lado de la calle, y mi compañera no podía acercarme más, pues era ir contra la vía. Donde me dejó parecía una isla en esa correntada que, a mi parecer, no me llegaría a más de las pantorrillas, lo que me animó a remangarme el pantalón hasta casi las rodillas.
De cualquier forma debía cruzar la calle, y me lancé al agua “chocolatosa” que me engañó en mis cálculos: yo mido 1.60 metros, el agua me llegó hasta las rodillas. Estaba fría, ¡sucia!. Ah, pero lo peor vino después: no podía caminar, la corriente por ratos parecía vencerme, ¡se sentía como cuando uno se mete en un río! Bueno, los zapatos que llevaba no ayudaban mucho, unas sandalias de tacón, esas de solo meter, así que de repente me tambalee y no tuve más remedio que descalzarme como pude y, ¡por allá lancé mi lonchera!, y cayó en el pavimento. También tiré la sombrilla y me aferré a mi bolsa para iniciar una particular persecución: tras mis zapatos, ¡mis sandalias! Allí iban en su ondulante recorrido hacia el tragante. Los perseguí.
Mi esposo, el único espectador de aquella escena, estaba adentro del carro, seco, con los vidrios hasta arriba. Observaba la inusual escena mientras yo corría a zancadas entre el agua; ¡uf!, los pude rescatar. Luego, a perseguir mi sombrilla que, entre la corriente y el viento, fue más difícil de alcanzar.
Mojada, hecha una sopa, pero con los zapatos a salvo y la sombrilla en la mano… bueno, para qué, si ya estaba toda empapada. Llegué al carro, y mi esposo que no podía contener la risa. Ah, por cierto, aún tengo las sandalias de tacón que son “re-có-mo-das”.
Me llevó el tren
Byron Godoy
Piloto de bus urbano
A los días, se imagina lo que fue entre los compañeros la ‘molestadera’, “¡Ahí viene el tren! ¡Ahí viene el tren!” Hasta yo me río… ahora.
Viernes 28 de abril del año pasado. En esa fecha me llevó el tren, el mero tren. Desde hace 12 años soy piloto del transporte urbano. He presenciado y sido víctima de asaltos por montón, pero accidentes ninguno... Hasta esa tarde.
| tren |
Siempre miro por el espejo de arriba a los pasajeros. Esa tarde, tres de ellos iban de pie, lo que significa que transportaba a 51 personas. Hacía mucho, pero mucho calor. Eran más de las cuatro de la tarde, en mi sexta vuelta del día por mi ruta, la 63. Y como siempre, salí de la zona 5 hacia la zona 1, el Trébol, la Avenida del Cementerio, El Obelisco, La Reforma y de vuelta a la zona 5, mi recorrido que ese viernes no concluí. Pasaba por Gerona, sobre la 19 calle y 13 avenida de la zona 1. Iba despacio, como a 40 kilómetros por hora. Es una intersección algo fea, porque las casas de esquina no permiten ver bien antes de cruzar la línea.
A lo leeeeeejos escuché una campana como de escuela… qué iba yo a saber que era el tren, como casi ni pasa… ni los pasajeros se percataron de la máquina. Uno está acostumbrado a que toquen la bocina de aire. Cuando suena no hay pierde, ya sabe uno que es el tren. Pero no, esa tarde no sonó más que la campana.
Estaba muy próximo a cruzar la línea cuando, “¡shhh… ”, el tren como a dos metros! ¡Asenté el bus de un frenazo! Rapidito vi por el retrovisor, y un tráiler a mi par se acercaba rapidísimo. Le saqué la mano para advertirle, pero pensó que le estaba pidiendo la vía y aceleró… ¡Ja!, el tren le arrancó la plataforma, que le cayó al bus y ¡lo empujó hacia el tren! Lo arrastró unos metros. No sé cómo fui a parar hacia afuera, mido 1.82 metros y peso 220 libras, ¡imagine cómo habrá sido eso! Estaba todo atolondrado, no sabía qué hacer. Cuando sentí, me estaba levantando de la acera porque salí chispado contra el poste del alumbrado donde me reventé la frente. Otro señor, un pasajero, también salió herido, pero por suerte nada grave.
Lo que son las cosas, ahí cerca, el alcalde inauguraba un parquecito, por lo que bastantes policías rodeaban el lugar. Al ratito del cuentazo, llegaron a ver qué había sucedido... algunos testigos explicaron. ¡Qué suerte! Si no, habría tenido que pagar los Q10 mil de la reparación del bus. A los días, se imagina lo que fue entre los compañeros la molestadera, “¡Ahí viene el tren! ¡Ahí viene el tren!”. Hasta yo me río… ahora.
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