Ciudadanía implica ejercicio y construcción constantes, conscientes y consistentes. Tiempo de votaciones o no. La ciudadanía, como la democracia, no son frutos de temporada, de cada cuatro años.
La responsabilidad (en este caso, caravuelta del derecho) de pensar, expresarse y decidir sobre los asuntos de incumbencia común no puede reducirse a los medio debates eleccionarios y al acto de marcar unas papeletas. Tampoco puede quedarse el ejercicio ciudadano en el pago de impuestos, las más de las veces inconsciente o verdaderamente impuesto.
Dar dinero a ciegas al estado sin querer enterarse e incidir en lo más mínimo acerca de su destino no solo es irresponsable sino temerario. Pero el solo vociferar esporádica o regularmente acerca del mal uso o la malversación de los recursos públicos, o de la inconciencia de la clase política, del funcionariado y de los grupos hegemónicos de interés, tampoco lleva a mucho. La crítica catártica suele quedarse en alivio, desahogo, nivelación de emociones; en el fondo acepta “la situación”, aunque sea a regañadientes, como si fuese destino…
Por cierto, destino habría de entenderse mejor como verbo: destinar, asignar recursos o esfuerzos para fines. Aquellos, pero sobre todo estos, pueden ser objeto de consenso o de disputa. ¿Quiénes se ponen de acuerdo o disputan?, he ahí una cuestión clave. Si no participamos todos de una u otra manera, en una u otra medida, no habría por qué extrañarse de que la situación continúe como está y llegue de veras a ser destino.
Como advertía Rousseau, a partir del momento en que al tratarse de los asuntos del estado, alguien dice “¡qué me importa!”, se debe contar con que el estado está perdido.
Mucho antes, en los albores mismos de los regímenes democráticos, sentenciaba más drásticamente Pericles: “Consideramos a quien no participa en la vida ciudadana, no como alguien que mira por sus propios asuntos, sino como individuo inútil”.
No es este un llamado a enlistarse en un partido y empezar a repartir volantes o a pegar calcomanías en carros. Cada quien tendrá que revisar cómo asume su responsabilidad y participa. No todos estamos llamados ni capacitados para hacer lo mismo.
Sin embargo, no es difícil notar que todos (sobre todo quienes leemos páginas editoriales) podemos hacer algo más que repetir las sempiternas quejas acerca de “los políticos”, regar bolas, ir a rayar papeletas y seguir alegando, vociferantemente resignados a nuestro destino de fracaso…
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