En un rincón del aula, de pie, estaba una joven completamente desnuda.
Rigoberto Juárez-Paz
A finales de los años cincuenta del siglo pasado, yo era profesor de Filosofía en la Escuela de Arte de Minneapolis. Todos los alumnos eran artistas talentosos. Nadie podía ingresar en esa escuela si antes no había demostrado su talento en la pintura, el diseño o la escultura. Yo, que tengo dificultades hasta para trazar una línea recta con una regla, los admiraba a todos, aunque algunos de ellos tuvieran cierta dificultad para expresarse de viva voz o por escrito. Al terminar mi clase me quedaba en la escuela y, a veces, visitaba las de algunos de mis colegas que eran artistas y con quienes había trabado cierta amistad. Cuando supe que Oskar Kokoschka (Austria 1888, Suiza 1980), el renombrado pintor, estaba en residencia para pintar dos retratos de dos de los principales dueños de Pilsbury Mills, empresa que era de las principales patrocinadoras de la escuela, y supe que él estaba llegando a una clase de dibujo, a la hora de esa clase me dirigí al pequeño salón. Estuve a punto de no entrar. En un rincón del aula, de pie, estaba una joven completamente desnuda. En “Jícaro City” no se veían esas cosas, y entré, y me senté a escuchar la clase, aunque en realidad o no escuché o no recuerdo nada de lo que él dijo, embelezado como estaba. Pero me estoy adelantando.
Kokoschka, conocido por sus retratos “psicoanalíticos”, cada vez que había alguna reunión a la que nos invitaban a los no artistas, se refería a la personalidad de sus modelos. A juzgar por lo que decía de ellos, los señores harineros tenían personalidades muy poco expresivas. En una ocasión nos contó que un día quemó el trapo con el que limpiaba sus pinceles para lograr que uno de sus modelos expresara algo.
En otra clase suya que yo visité, dijo a los alumnos que él había dibujado cien veces el David de Miguel Ángel y que todavía no había captado plenamente la figura. A uno de los alumnos lo hizo levantarse lentamente de su asiento y le dijo a todos “ustedes deben ser capaces de dibujar la figura de su compañero, en cada una de sus posiciones. La memoria visual es importantísima. Yo todavía recuerdo los barrotes de mi cuna”.
Un talentoso profesor, que por fin se atrevió a llevarle a Kokoschka algunos de sus dibujos al hotel, el siguiente semestre obtuvo una beca para pasar un tiempo en los Países Bajos y observar el paisaje de esa parte del mundo.
Cuando Kokoschka llegó a la Escuela de Arte, yo ya tenía al menos un semestre de trabajar allí, de manera que ya sabía quiénes eran los alumnos más talentosos. Un día el distinguido visitante citó a todos los alumnos a una sesión de dibujo en el auditorio de la escuela. Nosotros, los profesores, estábamos hasta atrás, pero veíamos muy bien todo lo que había qué ver. En una esquina del escenario, envuelta en la bandera de Estados Unidos, había una modelo que, para variar, era de origen francés. Los alumnos recibieron instrucciones de prepararse para dibujar inmediatamente después de que la modelo se descubriera y que lo hicieran a la mayor velocidad posible. El silencio era impresionante, de manera que cuando la bandera cayó a sus pies, todo lo que se escuchaba era el ruido de los lápices. Después de unos dos minutos, él le ordenó a la modelo que se ocultara y a los alumnos que dejaran de dibujar. Inmediatamente después él caminó entre los alumnos e invariablemente seleccionó los dibujos de los mejores estudiantes de la escuela.
Yo nunca supe nada más de Kokoschka hasta 1987, un día que volaba sobre el Atlántico rumbo a Estambul.
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