Viejo paradigma: suprimir la violencia con más violencia.
Carol Zardetto
Un paradigma consiste en un modelo o patrón de pensamiento que conforma una visión del mundo. Los paradigmas cambian de manera “revolucionaria” frente a nuevos modelos que tornan caducos los anteriores, abriendo así el camino a la transformación. El modelo o paradigma monárquico, por ejemplo, dio paso al gobierno ciudadano mediante las ideas surgidas en la Ilustración y… la Revolución Francesa. El paradigma de la física mecánica dio paso al paradigma inaugurado por la física cuántica mediante los descubrimientos científicos en torno a la relatividad de tiempo y espacio.
Cuando un paradigma se resquebraja, la sociedad entera experimenta una evolución hacia nuevas ideas y formas del pensamiento. He allí su índole revolucionaria.
Guatemala es una sociedad tradicional donde los paradigmas cambian poco y los caducos nos mantienen sumidos en un aletargado camino que no parece ser permeable a la transformación. Nos resulta muy difícil soltar nuestros paradigmas equivocados, aún cuando son ellos –nuestra forma de ver el mundo y de pensarnos– lo que nos tiene anquilosados, sin posibilidad de desarrollo hacia nuevas formas.
Las últimas décadas, especialmente las transcurridas a partir de la firma de la paz, han marcado una etapa de nuestra historia en que se han realizado, especialmente por la presión de fuerzas exógenas a nuestra propia sociedad, esfuerzos por trasformar nuestras instituciones. Todas las reformas parecen caer en saco roto y ser aprovechadas para más de lo mismo: el abuso, la corrupción, el anquilosamiento.
A mi criterio, lo que sucede es que los paradigmas subyacentes en nuestra sociedad no han cambiado: la forma de concebir el poder del Estado, patriarcal y omnímodo; la desigualdad entre las distintas castas sociales y etnias donde la exclusión resulta “natural”; el irrespeto a la ley, por considerarla espuria y sesgada, privilegio de los poderosos; la indiferencia hacia la educación.
Mientras no cambiemos estos paradigmas obsoletos, nos será muy difícil hacer un tránsito hacia la democracia, el desarrollo humano, la riqueza y, sobre todo, una sociedad más justa.
Pareciera ser que el tema central de estas elecciones será la violencia. Lo primero que ofrecen los candidatos, y que a la gente le emociona, es la mano dura. Viejo paradigma: suprimir la violencia con más violencia. La propuesta no es más que el obsoleto paradigma del Estado represor con sus limpiezas sociales y de la sociedad vengativa con sus linchamientos. Lamentablemente no conocemos la justicia y la paz social que conlleva. Nunca la hemos vivido. Si queremos un país sin violencia, empecemos a trabajar por la justicia. En otras palabras, atrevámonos a un cambio de paradigma. Cuando Guatemala pueda verse como un país con justicia, la transformación institucional cobrará sentido y será una realidad.
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1 comentarios:
Sergio Dueñas: (2007-05-04 08:49:34 horas)
Uno de los problemas serios realmente es la falta de una aplicación rápida de la justicia y de hecho la falta de voluntad y valentía para aplicarla. Algunos ejemplos: Manifestantes que abiertamente violan muchas leyes, autoridades que se hacen los ciegos y diputados que buscan amnistiarlos; condenados a pena de muerte, juzgados y condenados a quienes no se les ejecuta; una ley anticapuchas que ningún huelgero respeta. En fin, somos un país en donde las leyes no se respetan, y donde los encargados de aplicarlas no las aplican. Ello deriva en frustración de parte del pueblo, que se transforma luego en ira, en enojo ante la impotencia por defenderse de la maldad, y todo esto puede llegar a la violencia en su sentido más puro, puede transformarnos en salvajes. Alguien podría decir que la pena de muerte es violencia, pero realmente no lo es si se aplica como parte de un proceso judicial en el cual por sus delitos un asesino obtiene la justa consecuencia a sus acciones contra la sociedad. El punto es tan sencillo de entender: Hasta entre los niños se ve: si su padre le dice que no haga algo y le amenaza con un castigo si lo vuelve a hacer, pero el niño lo hace repetidamente y el padre no cumple con la aplicación del castigo, el niño pronto se dará cuenta que solo es una amenaza, que en realidad no hay consecuencias por su mal comportamiento. Se pierde entonces el respeto a la autoridad y a la ley. En Guatemala abundan los "malos padres", y los "niños mal educados" y la consecuencia es una anarquía total.
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