Me asombra que haya tantas personas sin atisbos de curiosidad.
Raúl de la Horra
La curiosidad habrá matado al gato, pero es la salvación del hombre. Porque abre la puerta hacia lo más prodigiosamente humano: la conciencia. Sin curiosidad no hay preguntas, y sin preguntas no hay búsqueda, ni aprendizaje, ni conocimiento. La curiosidad es, pues, el motor a través del cual el hombre crece y se humaniza. Y al humanizarse, a veces se hace humilde.
Existir es estar mordido de curiosidad: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué quiero? Sin tales disquisiciones, el alma se reseca y termina reemplazando la sangre y los jugos de la imaginación por un programa cuyos circuitos nos convierten en feligreses del consumo y las apariencias.
Convertirse en vasallo del consumismo significa degollar la conciencia y transformarse en autómata: ya no se busca, sino se recibe; ya no se imagina, sino se encuentra; ya no se piensa, sino se cacarean respuestas prefabricadas y simplistas. No hay esfuerzo, ni travesía, ni incertidumbre, porque la autopista hacia una felicidad acomodaticia nos ha llenado las cuencas de los ojos con espejismos.
Por eso la tecnología y el espectáculo son el supletorio ideal para personalidades devastadas y solitarias.
Me asombra que haya tantas personas sin atisbos de curiosidad. Jóvenes y viejos que jamás se interrogan, que no quieren saber nada del mundo, que no se interesan por los demás, que no leen libros, ni ven documentales, ni conciben otras formas de pensar y de sentir. Individuos que viven en un universo plano y romo, convencidos de que su realidad es la única posible. Los hay por millones, incluso hasta en la propia casa. Son peligrosos, porque además de ser soberbios, confunden idiotez con libertad. De modo que cuidado con ellos.
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