Exigir que nos valoren por lo que somos: seres humanos.
Isabel Aguilar Umaña
Describir la jornada rutinaria de una mujer trabajadora puede resultar un ejercicio tanto extenuante como inútil. Igual de cansado como puede ser para quien la vive de manera cotidiana, un día tras otro. Bástenos indicar que a veces esta rutina suele iniciar de madrugada, hacia las 5:00, hasta concluir a eso de las 9:00 o 10:00 de la noche. Pocos minutos para descansar, escasos momentos para redimirse a sí misma ante una puesta de sol o un cielo serenamente estrellado. ¿Dónde el ocio creativo, o el simple derecho a no hacer nada? ¿Cómo lograrlo, si nos empecinamos –o nos empecinan– en realizar, incluso, dos o tres tareas a la vez?
A menudo, esta intensidad de vida puede acaparar el reconocimiento del gran público. Afanosos, los anuncios destacan a mujeres que se esfuerzan en la cocina o realizan otras tareas domésticas y, además, se les muestra físicamente impecables, como figurillas de cera distanciadas de los vientres abultados, las arrugas o la baja estatura. Y es que, en general, damos “hurras” a las madres abnegadas, de manera que las expresiones del tipo “¡qué buena gente!”, “¡qué hacendosa!” o “¡es re buena mamá!”, están a la orden del día.
Se trata, en todo caso, de un reconocimiento a quien se desvive por los demás, a quien se entrega con docilidad y está siempre dispuesta a hacer que los otros vivan en un entorno agradable, limpio, con la mesa puesta y la cama servida. No es, como muchas hemos padecido, un reconocimiento a la capacidad intelectual, a la eficiencia en la toma de decisiones, al buen manejo profesional. Cuando todo esto se logra es, generalmente, como producto de una tarea titánica: precisamente, asumir dos, tres o más tareas en los ambientes laborales, demostrando siempre, evidenciando, arrojando resultados tan visibles que ya resulta imposible ocultarlos con un solo dedo.
La madrecita abnegada está en el ideal social. Este se traslada, de una u otra forma, de los ambientes domésticos a los espacios laborales. Ambos configuran dos clases de trabajo con diferentes tipos de reconocimiento. En ambos, sin embargo, seguimos siendo explotadas.
Y es que la otra cara de la moneda es la consideración de que aquella mujer que intenta vivir para sí es una mujer frívola, haragana, superficial o egoísta. En lo privado, transitar por el camino de la equidad suele ser sinónimo de resistencias que en más de una ocasión acumulan sinsabores que, finalmente, terminan en frustración o ruptura.
En lo público, los patrones patriarcales conducen o se derraman en diversas maneras de discriminar a las mujeres. Todas ellas tienen el común denominador de ocasionar sufrimiento. Los ejemplos abundan: menores salarios por igual trabajo, más carga laboral que cumplir, la consideración de que hay puestos que las mujeres no podemos desempeñar, acoso sexual, rechazo a la mujer embarazada y otros. Diferentes informes y estadísticas dan cuenta de ello.
No obstante, existen realidades que trascienden lo numérico, van más allá de las cifras y las circunstancias tipificadas como discriminatorias. Hay sutilezas. Por ejemplo, de la mano de la inferiorización el trabajo de muchas mujeres suele ser desestimado o minusvalorado. Sus opiniones pueden arrumbarse tras pilas de papeles, bajo la idea de que son poco válidas, “flojas” o están mal encaminadas. Un hombre es profesional y punto. Generalmente, no tiene mayor cosa que demostrar.
Una mujer debe “arrecharse”, “apechugar”, quemar sus naves y llevar su trabajo a los niveles casi de la excelencia, en aras de ser considerada, invitada a aquellos cenáculos en donde se toman decisiones y se fabrican directrices.
Si una mujer evidencia sus emociones, se da el lujo de sentir y mostrar lo que siente, resulta que es débil y, en el peor de los casos, se convierte en una suerte de histérica sin control. A ella, de plano, las circunstancias del corazón o del hígado la trascienden. Si los hombres hacen lo mismo, entonces son seres humanos con acendrada sensibilidad.
Y si por algún motivo escondemos lo que sentimos, hincamos el diente y somos “competitivas”, nos convertimos en una suerte de “Dama de hierro”, “zorra” o “cabrona”. Léase, amargada, frustrada, ahuyentadora de parejas y sabe Dios cuántas diatribas más.
Así las cosas, a menudo nos resulta indispensable emprender un camino de autovaloración. Uno que nos lleve a una identidad propia más serena y equilibrada, con posibilidades intrínsecas de asumirnos en plenitud, tal como somos, sin afanes perversos que disloquen nuestra personalidad. Sin el deseo perplejo de colocarnos, siempre, un sinfín de máscaras que desdibujan nuestra interioridad y nos hacen oscilar entre extremos radicales, distanciados entre sí. Queda, luego, la posibilidad de proyectarnos y exigir que nos valoren simplemente como lo que somos: seres humanos.
Algunas asumimos, con plenitud, la vida que nos cobija y que vislumbramos hacia el futuro. En ello radican las eternas posibilidades que, día a día, seguimos empeñándonos en construir.
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3 comentarios:
Aldo Comparini: (2010-02-01 14:20:36 horas)
Hola Isabel. gusto en volver a saludarte despues de tanto tiempo..
Me parece excelente tu articulo, es por muchas de las cuestiones que puntualizas que en mi tesis de graduacion elegi desarrollar un Centro de Capacitacion Tecnico Femenino, porque creo firmemente que la equidad de generos es un paso inprescindible para lograr el desarrollo de este lindo pais!!
Luis Mack: (2007-05-22 15:28:37 horas)
Interesante punto de vista. Isabel plantea el dilema de la mujer en el mundo moderno entre una sociedad que le tiende a imponer roles subordinados -ligados a la maternidad y la necesidad de "llevar" la casa-, con la imperiosa necesidad de toda mujer profesional de competir y demostrar su capacidad en un mundo dominado por los hombres.
Bambi I: (2007-05-10 09:58:40 horas)
Las mujeres hemos sido por siglos seres dóciles que hemos obecido los hábitos impuestos por nuestras propias madres o -en su defecto- por quién tomara el papel de "educadora".
Es así como por generaciones se nos valora más por ser "dóciles, débiles y abnegadas", en lugar de enfocarnos por ser seres de "coraje, tenacidad y lucha contínua".
Los hábitos de conducta impuestos, aquellos donde hasta se llega a comparar que vale más un esclavo afroamericano que una mujer, pudiesen ser rotos SI Y SOLO SI las mujeres en cada hogar, con cada ejemplo, a cada hijo(a) , sobrino(a) o nieto(a) implementaramos la idea y la convicción que siglos atrás, antes que nos impusieran el islamismo, el budismo, el cristianimo, el evangelismo o todas esos "ismos" provenientes de ideas preconcebidas para doblegar la convicción que -antes que nada- somos las mujeres que eramos consideradas como LA GRAN DIOSA.
Ese ser que desde el vientre ofrecía la protección al retoño, la que movía su cuna, la que daba su propia sangre para garantizar la evolución y la procreación de generaciones y generaciones de humanidad (con esto de homo y "femina" sapiens-sapiens).
Siempre lo he dicho: "madre educada, madre del desarrollo". Y como dijeramos en otros foros, las mujeres tenemos un gran papel en la formación de conciencias, siempre y cuando eduquemos a nuestros hijos(as) el valor y el respeto que merecemos como seres tan COMPLETOS.
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