Opinión:
Ninguno de los muertos es uno más. Todos y cada uno fueron fines en sí mismos, anteriores y superiores a los intereses del Estado o de cualquier revolución. Cada uno de ellos, un ser humano irrepetible. Un milagro de Dios sobre la tierra. Por eso, quien justifica la muerte de uno solo justifica la de todos. Quien justifica uno solo de los crímenes –aunque sea uno solo– lo quiera o no, los justifica todos.
Tenemos que aprender a llorar por todos los muertos y tenemos que aprender a pedir justicia no solo por uno sino por todos. Tenemos que entender que aquel a quien tanto amamos no puede ser tomado como uno más, pero que tampoco cabe tal calificación para los otros. Hugo Rolando Melgar no es uno más, como tampoco lo es David Guerra Guzmán. Debe castigarse al kaibil que estrelló el cráneo de aquel niño contra un árbol, como también a los insurgentes que ametrallaron, recién iniciado el conflicto, a Roni Elmer Orellana, un pequeño niño de nueve años de edad y cuyo crimen –dolorosamente impune, impunidad que no se refiere tan solo a la de los tribunales de justicia sino a la propiciada por todos aquellos que callaron, silencio sordo que se hizo el mejor cómplice de aquel delito– abrió las puertas de par en par para todos los asesinatos subsiguientes. Los que aplaudieron el asesinato de aquel niño por haberlo realizado la insurgencia, o los que simplemente callaron por haberlo hecho la insurgencia, ¿qué importancia podía tener el asesinato de un niño frente a los más altos fines de la revolución?, abonaron los caminos del delito. Crearon el Frankenstein de la infamia, que habría de devorar a todos sin distingos. El asesinato del sindicalista que muriera torturado despiadadamente y los de los estudiantes degollados no pueden tenerse como unos crímenes más, como tampoco los asesinatos de los periodistas Isidoro Zarco y José Torón Barrios o la del sindicalista Arnoldo Otten Prado. Los embajadores Mein y Von Spreti tampoco pueden considerarse como unos muertos más, y sus asesinatos también son merecedores de castigo “aunque los haya hecho la insurgencia”. Hace mucho tiempo que el nombre de Hugo Rolando Melgar no aparecía en los periódicos. Hube de recordarlo y lo hice, y lo seguiré haciendo con respeto. La verdad es que no puedo sino unirme a la voz de quienes claman justicia por su muerte. Por la suya y por todas las muertes. Sin embargo soy abogado, y señalo que existen leyes de amnistía vigentes –incluida la Ley de Reconciliación Nacional– que no es más que una amnistía, amnistía esta última derivada de los Acuerdos de Paz y que impide, como las otras, la persecución de estos delitos. La última amnistía, la contenida en la Ley de Reconciliación –igual que aquellas en su forma– tiene una diferencia sustantiva, puesto que no se origina en una de las partes sino en ambas. No fui yo el legislador, ni fui yo quien las pactara. Tampoco usted, amigo lector, pero son leyes de la república y debemos acatarlas. Agregar comentario: |
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