EE.UU. debería pagar un impuesto a nuestros países.
Sergio Ramírez
La Policía Nacional de Nicaragua, con el apoyo del Ejército, ha realizado en las últimas semanas operativos que han llevado al desmantelamiento de estructuras clandestinas montadas por los carteles internacionales de la droga. Bodegas, aeropuertos, depósitos de combustible, centros logísticos, medios de transporte destruidos o incautados. Más de 50 secuaces capturados y casi tres toneladas de cocaína decomisadas, con un valor cercano a los US$120 millones. Si sumamos la cocaína confiscada antes, este valor supera fácilmente los US$300 millones.
He pensado en estas cifras al ver en las tomas de televisión a un policía de línea que, oculto bajo un pasa montaña, carga un fardo de cocaína, tras la operación Gladiador realizada en altamar, que dejó como fruto dos toneladas de droga. Este policía, mal pagado y en peligro de muerte cada vez que se enfrenta a los narcotraficantes, lleva sobre sus hombros su salario de un siglo. Y toda la droga decomisada en los últimos meses, equivale a diez años de presupuesto de la Policía Nacional.
Nicaragua no es un centro de consumo de drogas, sino de trasiego, por su posición geográfica privilegiada para el tráfico desde Colombia hacia Guatemala, México y Estados Unidos, que es el destino final de los embarques. Un territorio central y estratégico, difícil de controlar para la Policía y para el Ejército, que no cuentan ni con radares adecuados, ni con guardacostas, ni con aviones interceptores, ni con sofisticados medios de transporte y comunicación como los que tienen los carteles, a los que si algo les sobra es el dinero.
Pero lo asombroso es que, con tanto dinero y tanto poder, se enfrentan a una policía que da muestras de no ceder a los sobornos, y que no ha podido ser infiltrada y descompuesta, como ocurre en otros lugares de Centroamérica, el caso de Guatemala, por ejemplo, donde el reciente asesinato de tres diputados salvadoreños al Parlamento Centroamericano fue obra de oficiales de la Policía por encargo de los carteles de la droga.
Esta conducta férrea lleva de por medio una convicción ética, capaz de haber derrotado hasta ahora los halagos de la corrupción. Y la Policía, lo mismo que el Ejército, han demostrado ser capaces de colocar su institucionalidad por encima de todo, entendiendo que su sanidad interna y el prestigio de que gozan se debe en mucho a que no se prestan a manoseos políticos, y se atienen a los mandatos de la Constitución. Desgraciadamente no puede decirse lo mismo de los tribunales, y la misma Policía ha alertado del peligro constante de que los traficantes capturados sean puestos en libertad por argucias más que sospechosas de los jueces.
Junto con Nicaragua, el resto de Centroamérica seguirá siendo escenario de esta lucha desigual. La droga tiene que pasar necesariamente por aquí. Y los narcos no se darán por vencidos, e incrementarán sus planes de terror y sus ofertas de corrupción. Por tanto, EE.UU. y los países favorecidos cada vez que un cargamento es capturado o una red es desmantelada, deberían pagar un impuesto a nuestros países por cada tonelada de droga que ya no llegará a sus mercados.
Es muy sencillo. Hay países desarrollados que pagan un impuesto voluntario a los países pobres por el oxígeno que producen en beneficio de la atmósfera común, ayudando a mitigar la emisión de gases de efecto invernadero y a preservar las fuentes de agua, uno de los bienes que será más escasos para la humanidad en el futuro. El cálculo se hace a razón de cada hectárea de bosque mantenido o cultivado, o por cada árbol nuevo sembrado, de modo que se vuelva más rentable reforestar que destruir, mantener vivo un árbol que cortarlo.
Lo mismo debería pasar con la droga. Menos droga, más aire puro, y más seguridad ambiental para todos, porque la droga es parte de la contaminación tóxica del planeta. Los países desarrollados, por tanto, deberían abrir un fondo internacional para pagar un porcentaje del valor de cada tonelada de droga decomisada y destruida en cualquier punto de su camino a través de Centroamérica.
Con esos recursos, los cuerpos de Policía tendrían mejor presupuesto, sus agentes mejores salarios y prestaciones, mayores oportunidades de capacitación, mejores medios logísticos para trabajar, y mejor moral. Y bajo un programa internacional así, también habría menos jueces corruptos y sistema judiciales que se volverían menos vulnerables.
Que no olviden los países ricos que la región centroamericana seguirá siendo un territorio estratégico en lo que respecta a la droga. La geografía lo hace insustituible. Y que no olviden tampoco que, en Nicaragua, y en Centroamérica, se está haciendo con las uñas un trabajo por cuenta ajena. Y se está haciendo prácticamente gratis.
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3 comentarios:
Manuel Aler: (2007-06-01 14:09:41 horas)
Típico, de algunos, exculpar automáticamente a los gringos de todo.
Kenneth Eden: (2007-06-01 13:17:45 horas)
Señor Levi, Pagar un impuesto para que? Para que los corruptos politicos latinoamericanos lo meten en su bolsa? Mejor que los ciudadanos latinos aprenden a pagar impuestos y al mismo tiempo que sus politicos cambien la cultura de corrupción. Con esto cambiara Latinamerica. Tipico culpar a los gringos por todo.
Luis Fernando Levi: (2007-06-01 08:19:55 horas)
No solo por esto debería EEUU pagar un impuesto a los países del hemisferio, sino por estas otras razones: 1) EEUU tiene solamente el 5% de la población mundial y consume más del 35% de la producción petrolera diaria del mundo, su producción domestica apenas cubre el 40% de su demanda. Este exceso causa graves impactos ambientales e impone presión en el mercado mundial que ha resultado en el encarecimiento desmesurado de los hidrocarburos. Dicho en otras palabras: el estilo de vida estadounidense nos cuesta a todos muy caro y pocos son los que lo disfrutan. 2) EEUU es la nación mas violenta y agresiva en la historia del mundo, la guerra fría dejo grave cauda de muertes y desestabilización social, política y económica en los países latinoamericanos. Al termino de la guerra fría no hubo “Plan Marshall” para la reconstrucción de nuestros países y nuestras sociedades, el legado de tanta sangre y sufrimiento fue: narcotráfico institucionalizado (medio de financiamiento de la guerra de los Contras) y la cultura de la muerte como las maras, una de ellas y la más poderosa la “Salvatrucha”, fundada por ex militares salvadoreños entrenados en Fort Brag y Fort Bening, EUA.
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