Las crónicas y reportajes de Goldman se publican con regularidad en las revistas más prestigiosas del mundo literario de Estados Unidos. The New Yorker, Harper’s y The New York Times Magazine han acogido sus contribuciones.
Precisamente en The New Yorker, Goldman publicó ya un largo artículo en torno al proceso que se siguió tras la muerte del obispo Juan Gerardi. Balú, el perro tras las rejas; Ana Lucía La China Escobar, sobrina incómoda del obispo Efraín Hernández; y el forense Manuel Reverte Coma, con sus frases en francés “cherchez la femme”, saltaron entonces a una efímera fama en aquel mundillo literario.
Goldman publica ahora el resultado de ocho años de investigación en torno al caso Gerardi. Entrevistas sostenidas en México, Guatemala, Estados Unidos y Europa, convierten al autor en un detective que entrega su reporte final en El Arte del Asesinato Político ¿Quién mató al obispo?
El libro se encuentra a punto de salir al mercado estadounidense. elPeriódico ha tenido acceso a una copia sin correcciones de la obra, la cual será primero publicada en inglés, constará de 384 páginas y tendrá un valor estimado de US$25. Estos son extractos de distintos capítulos del libro. La traducción es libre.
El anillo de tigresEn marzo de 2000, los Lima, bajo la asesoría de sus abogados, solicitaron a la juez Flor de María García Villatoro una audiencia para ampliar sus primeras declaraciones. La petición fue concedida y, en esa ocasión el capitán, Byron Lima dio una versión más detallada de los viajes que realizó como coordinador de seguridad de la visita del presidente Álvaro Arzú a Perú y Argentina, diez días antes del asesinato.
En esta nueva declaración, su relato sobre el día que regresó a Guatemala –domingo 26 de abril de 1998, el día del asesinato– tomó un giro raro pero memorable.
Del aeropuerto fue directo a la residencia presidencial, a donde su amigo Erick Urízar llegó a traerlo. Ambos dejaron las instalaciones del Estado Mayor Presidencial (EMP) y viajaron en el carro de Urízar, hacia la casa de los padres de Lima, en la colonia Lourdes. En el camino, según contó el Capitán, fueron detenidos en un retén policíaco en el puente de La Asunción. La Policía solicitó sus documentos a Urízar y luego los agentes le ordenaron salir del automóvil para que mostrara el arma que portaba. El capitán Lima se identificó como oficial militar y entregó sus credenciales. Los policías insistieron en que la fotografía en la identificación de Lima pertenecía a otra persona. Y eso, declaró Lima, se debía a que él había dejado crecer su barba.
Mientras el capitán Lima trataba de explicar la situación, a través de un radiocomunicador, al superior de los agentes, de acuerdo con esta nueva versión, otro oficial del EMP, el coronel Roy Dedet Catzprowitz, casualmente cayó en el mismo retén y tuvo los mismos problemas con sus documentos y arma. Dos minutos después, un vehículo de seguridad, asignado al coronel Rudy Pozuelos, jefe del EMP, también cayó en el mismo retén. El capitán Lima dijo que en ese momento telefoneó al EMP, y el jefe de Servicios, el mayor Francisco Escobar Blas, fue asignado para ir al lugar a solucionar la situación.
Era como la escena de una película cómica donde todos, los personajes principales de la trama, inesperadamente convergen en el mismo punto. El incidente en ese retén, como lo contó Lima, era poco probable; quizá nunca ocurrió. Lo más seguro es que el capitán Lima estuviera enviando otro de sus “mensajes subliminales” o advertencias.
Colocó, en su relato, a oficiales del EMP, quienes, quizás, jugaron un rol en el asesinato de Gerardi, y de esta manera introdujo y dejó sus nombres atados a documentos oficiales del caso.
En su entrevista, Claudia Méndez le preguntó al capitán Lima sobre la historia del retén. “Hay quienes dicen que usted estaba tratando de recordarles algo a ellos en esa declaración. ¿Qué intentaba?”, preguntó la periodista
El capitán Lima respondió que no intentaba nada, pero luego mencionó más nombres. Méndez le preguntó a quién admiraba, y además de mencionar al dictador chileno Augusto Pinochet, mencionó al general Otto Pérez Molina, un oficial guatemalteco que, según Lima, siempre apoyaba a sus hombres. Méndez omitió este detalle del artículo publicado sin dimensionar su importancia.
Eventualmente, el general Pérez Molina había sido sospechoso de ser uno de los oficiales que habían acompañado al coronel Lima Estrada en la tienda de don Mike, la noche del crimen. Rafael Guillamón, de la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala (Minugua), creía que existían posibilidades que fuera Pérez Molina el hombre que reclutó a Rubén Chanax Sontay para Inteligencia Militar.
La Fiscalía asumía que los oficiales que se reunieron en la tienda de don Mike, lo hicieron con el objetivo de monitorear el crimen, pero existía una razón que parecía mucho más lógica para esa reunión. El asesinato del obispo Gerardi fue el crimen más audaz, pero arriesgado al mismo tiempo, que el Ejército de Guatemala había cometido, y tenía que ser percibido como una defensa de la institución más que como una defensa meramente individual.
Ningún militar debía escapar o escabullirse de la responsabilidad. Las colas de todos estaban machucadas –como en un anillo de tigres, cada uno atrapando, en sus garras, la cola del otro–. Chanax Sontay
No pude regresar sino hasta cinco meses después, en mayo. Chanax me había dicho que, como su apartamento no tenía timbre, debía pararme en la banqueta y gritar hacia su ventana. La ventana estaba rota, cubierta con las bolsas negras de plástico que se usan para la basura. Me preocupaba que Chanax no se recordara de mí. Grité su nombre desde la banqueta, entonces la bolsa negra de plástico se movió y apareció él.
Me dijo que diera la vuelta, que fuera al frente. Él mismo abrió la puerta. Vestía una pantaloneta floja y una camiseta. Eran las 11:00 de la mañana, pero se miraba soñoliento, sus ojos estaban enrojecidos. Echó un vistazo, nervioso, a ambos lados de la calle. Le sugerí que fuéramos a un lugar cercano para hablar, que yo lo invitaba a desayunar. Dudó sobre la propuesta. Mientras hablábamos en su puerta, dos hombres aparecieron: uno, entrado en años y el otro, joven. Se acercaron a hablar con él, apartándolo; quedaron fuera del alcance de mi oído. Eran sus vecinos. Aparentemente sabían sobre la situación de Chanax y lo protegían. Luego recordé que uno de ellos, el más joven, había aparecido durante mi primera visita a Chanax, cinco meses antes.
Entré con Chanax al caserón, subimos las gradas, hacia su apartamento –dos habitaciones pequeñas, oscuras, apenas amuebladas–. En una mesa de plástico había botellas de cerveza vacías, un pequeño y viejo sillón, y sillas plásticas. Posters de Thalía y otras muchachas en biquini, estaban pegados en la pared, frente a su pequeña cama, casi como un catre.
Durante esta y las siguientes visitas me di cuenta que nunca encendía las luces –si es que tenía electricidad el apartamento–. Nos sentamos frente a frente en las sillas plásticas. Al principio, hablamos de lo mismo, de la historia tantas veces repetida. Pero ciertos hechos que mencionó ese día, tal vez ya conocidos para la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHA) y el Ministerio Público (MP), eran nuevos para mí. Y la información encajó con lo que había escuchado en otro lugar, durante la primavera de 2005, cuando, en cierta forma, el caso Gerardi parecía abrirse, como presionado por gases ya fermentados que se habían mantenido durante mucho tiempo en la oscuridad sin ventilación.
Chanax me contó que la noche del 26 de abril de 1998, creyó que se trataba de una simple coincidencia que a la tienda de don Mike llegaran tres militares: el coronel Lima; un poderoso y recientemente retirado general, ex jefe del EMP, Otto Pérez Molina; y otro hombre. “Después me enteré que era el coronel Reyes Palencia”, dijo Chanax. Reyes Palencia era jefe de la Guardia Presidencial, el tercero en la cadena de mando del EMP. Meses después de mi primer encuentro con Chanax, cuando me reuní en Europa con Rafael Guillamón, me confirmó que Chanax en realidad no sabía esa noche quién era Reyes Palencia.
Guillamón le había mostrado a Chanax fotos de los oficiales militares, pidiéndole que identificara a los hombres que había visto en la tienda de don Mike. Chanax pudo identificar al coronel Lima y al general Pérez Molina, pero cuando identificó al coronel Reyes Palencia, por su fotografía, no tenía idea que había señalado a uno de los altos oficiales del EMP.
El general Pérez Molina había sido jefe del EMP durante la presidencia de Ramiro de León Carpio, de 1993 a 1996, época que coincide con el reclutamiento de Rubén Chanax en el servicio militar. Chanax fue dado de baja en julio de 1994.
Rafael Guillamón creía que no había sido el coronel Lima, sino Pérez Molina, u operativos del EMP bajo el mando de este, quienes reclutaron originalmente a Chanax como informante.
Si Chanax sentía lealtad hacia el general Pérez Molina, eso explicaría por qué suprimió su nombre de su testimonio oficial. (El capitán Lima había incluido al general Pérez Molina entre aquellos a quienes les enviaba mensajes subliminales durante su entrevista en marzo de 2001). Rubén Chanax no me dijo que el general Pérez Molina lo reclutó. Sólo habló de haberlo conocido mientras estaba en el Cuerpo de Ingenieros, “y qué honor fue conocer a un hombre como él”.
Desde que era niño, cuando vivía en Huehuetenango, con la familia que lo había comprado, Chanax le gustaba mirar y estar cerca de los soldados.
El día del asesinato de Gerardi, de acuerdo con Chanax, él se había encontrado con Obdulio Villanueva y Quesén en el parque y allí le habían dicho que regresara esa noche porque iban a darle algunas cosas que debían ser robadas de la parroquia. (Guillamón me contó que Quesén había pertenecido al Comando Antisecuestros del EMP).
“Carota de indio”, así era como Chanax describía a Hugo; y mientras lo describía, llevaba sus manos hacia los lados de la cara y las apartaba para enfatizar que Hugo tenía “una gran carota de indio”. “Bien mamado, además, con brazotototes”. Otra vez repasamos la misma historia. Apenas minutos después de que el hombre sin camisa, Hugo, salió del garaje, apareció la Jeep Cherokee negra, y el capitán Lima y Villanueva se bajaron de la parte trasera del carro. Chanax no pudo ver al conductor.
“Vení para acá, hijoeputa”, le dijo Lima. “Vas a ayudarnos”. Lima le dio guantes de látex. ¡Había tanta sangre! Voltearon el cadáver del Obispo, lo pusieron boca arriba, y luego lo arrastraron hacia adentro... Chanax me contó que el capitán Lima recogió del suelo un lente de los anteojos del Obispo, y lo colocó dentro del cajón de la puerta del conductor del Volkswagen. Cuando terminaron, Lima tomó los guantes de Chanax y los colocó, junto con los otros, en una pequeña bolsa, y le dijo: “Si hablas, aquí está esto” –Rubén Chanax imitó la forma en que Lima sacudió la bolsita con los guantes–.
Le pregunté sobre su trabajo como informante en la Operación Pájaro, como espía del obispo Gerardi. Le pagaban cada 15 días, me contó, alguna veces Q1,000, otras veces menos –la cantidad siempre variaba–. Algunas veces iba a la Secretaría de Análisis Estratégico, ubicada en el callejón Manchén, allí le pagaba una secretaria llamada Alejandra (aparentemente la misma mujer que era madre de la hija de Lima, a quien él le envió una carta explicándole que no podía darle dinero porque se lo estaba gastando todo pagando testigos).
Chanax escribía reportes y se los entregaba a la secretaria; algunas veces daba esos reportes a través del teléfono. “El pájaro voló”, debía decir cuando el obispo Gerardi dejaba la Casa Parroquial. Algunas veces, según Chanax, fue a una casa en la zona 6 para reportarse y recoger su pago.
Chanax me contó sobre su educación como informante de Inteligencia Militar, cuando había estado en el Cuerpo de Ingenieros y había sido seleccionado para ese curso. “Primero era la teoría,” me dijo con una voz de estudiante diligente. La parte teórica incluía aprender cómo convertirse en amigo de la gente a la que debía espiar.
“Tenés que llegar a ellos despacio. Primero, encontrás la manera de ayudarlos en algo” O –siguió contando– llegás a su casa buscando trabajo. Y ¿qué pasaría si, hablando hipotéticamente, el espía quiere trabajar de jardinero y resulta que la casa que debe ser infiltrada ya tiene uno? “Le pago a esa persona para que se vaya”, dijo Chanax.
Y ¿qué pasa si el jardinero no se quiere ir? “Le digo a alguien más y... el jardinero desaparece”, respondió Chanax. “Luego llego y pido el trabajo”.
Después de que Rubén Chanax aprobó la teoría, debió aprender cómo asesinar sigilosamente como un agente de Inteligencia. Me describió de qué manera se amarraron dos nudos, separados por dos pulgadas, en una cuerda larga. Una vez dominada la técnica, se puede rodear el lazo en el cuello de la víctima y romperle la tráquea en cuestión de cinco segundos. El hilo de pescar era también efectivo para un asesinato rápido y silencioso: se amarra entre dos palos de madera.
Mientras miraba cómo Chanax explicaba los métodos de estrangulamiento con sus manos fuertes y verrugosas, mi estado de ánimo cambió. Me asusté de estar con este hombre en ese pequeño y oscuro apartamento. En ese momento se levantó al baño. Mientras lo esperaba, me sentí tenso con un miedo irracional.
Luego hablamos del incidente en el puente del Incienso, su “examen final” sobre el cual había hablado con Mario Domingo. Chanax y sus compañeros en entrenamiento recibieron la orden de asesinar a una pareja. Sus instructores, de acuerdo con Chanax, los llevaron hacia el puente en un jeep cierta noche. Chanax me dijo que él se dio la vuelta y dejó que los otros dos mataran a la pareja. Como castigo por su cobardía, a Chanax le golpearon todo el cuerpo allí mismo en el jeep.
Según Chanax, uno de sus antiguos instructores, un oficial llamado Eric Lainfiesta Cáceres, había intentado localizarlo en la calle donde vivía ahora. En un puesto de revistas, Lainfiesta Cáceres le había dicho a la vendedora, una mujer mayor, que su amigo Rubén Chanax había sido arrestado y que necesitaba saber dónde vivía para poder recoger sus documentos de identificación y sacarlo de la cárcel. La vendedora de revistas se negó a ayudar al extraño inquisidor.
Lainfiesta Cáceres esperó en una esquina a que Chanax saliera del cine, ubicado cerca de su casa. Chanax me contó que Lainfiesta Cáceres le ofreció dinero a cambio de que se retractara de su testimonio. Lo único que tenía que decir es que lo habían obligado a mentir en el juicio.
Lainfiesta Cáceres le dijo a Chanax que, si admitía esto, probablemente iba a ir a prisión, por mentir en juicio, pero al mismo tiempo que le advertía, le prometió: “No te preocupés, nosotros nos vamos a encargar de vos”. Y cuando Chanax saliera de prisión, estaría bien económicamente. Chanax sabía a quién debía contactar si accedía; ellos mismos iban a ayudarlo a regresar a Guatemala, a través de la frontera en Chiapas. Todo se vería como si él actuara voluntariamente.
Chanax me contó que le respondió: “Voy a pensarlo. Dame dos días”. Pero nunca se presentó a la reunión acordada. “Si me meten a la cárcel”, aseguró Chanax, “me matan allí mismo”.
Un chequeo subsecuente al récord migratorio reveló que, en efecto, Lainfiesta Cáceres había viajado a México en 2005. Más tarde pude confirmar que el mismo Lainfiesta Cáceres había pertenecido a la Secretaría de Análisis Estratégicos (SAE) durante el Gobierno de Álvaro Arzú.
Ante mis insistentes preguntas si Chanax no sentía ninguna culpa de la muerte de Monseñor Gerardi, me respondió en un voz baja: “Parece que sí. Yo estaba en deuda con Monseñor. Él siempre fue bueno conmigo... y fue tan cruel lo que ellos hicieron. Él nunca le hizo daño a nadie. Sólo quería escribir su libro”.
En cierta forma, Chanax entendía de qué se trataba el Remhi, Informe Interdiócesano de Recuperación de la Memoria Histórica. “Dicen que el coronel Lima mató 400 personas en una iglesia. Y eso iba a salir y ellos no querían”.
Chanax quería regresar a Guatemala. A pesar de que no tenía en quién confiar, extrañaba a su familia. Me pidió que le pidiera a Jorge García, cuando yo volviera a Guatemala, que contactara a su mamá y que le dijera que él estaba bien. Al mismo tiempo, admitió que tenía demasiado miedo como para regresar.
“Tené cuidado con él”, me advirtió Mario Domingo sobre Chanax. “Es astuto y hábil. Siempre está jugando a desinformar”. Yo sospechaba que ciertas cosas de las que había hablado Chanax no eran ciertas. (No creía, por ejemplo, en el relato autoexculpatorio del puente del Incienso).
Pero lo que no dudaba era que si Chanax se implicaba en el crimen de Monseñor Gerardi, también implicara a otros. Chanax estaba lleno de secretos. Su información confidencial y su mundo solitario para entonces, entrelazados con el más íntimo sentido de sobrevivencia, lo proveían de poder y control.
Chanax me contó que a veces tenía pesadillas de lo que había visto en la Casa Parroquial la noche del crimen, que a veces, en su pequeño apartamento, se despertaba tratando de huir, de escapar, de correr. Se recordó cuán asustado estaba la primera noche, cuando regresó a Guatemala, previo a testificar en juicio. Durmió en un sillón, en la oficina del Fiscal. Había árboles en el jardín trasero de la oficina, y toda la noche, escuchó el silbido del viento que sacudía las hojas. Eso lo asustaba aún más.
TestigoLa Fiscalía y la ODHA se aceraban cada vez más a entender qué sucedió en el EMP la noche del asesinato: quiénes habían estado de turno y quiénes no, qué divisiones, qué subdivisiones, qué oficiales y qué especialistas... Y penetrar ese miasma de secretividad y engaño fue una larga e intimidante lucha. Pero cuando Alfonso Portillo cerró finalmente el EMP al concluir su período, varios especialistas de baja jerarquía se quedaron sin trabajo. Y empezaron a hablar.
Uno de ellos fue Osmel Olivares Alay. En septiembre de 1999, su jefe le había solicitado que afirmara públicamente que Jorge Aguilar Martínez no había estado en la oficina de seguridad esa noche porque había estado de servicio como conserje con Olivares Alay en el Palacio Nacional –testificó tal y como el coronel Rudy Pozuelos, jefe del EMP, lo había solicitado–. Aguilar Martínez era el mesero del EMP que se convirtió en el testigo clave para aclarar quién entró y salió de las instalaciones del EMP la noche del asesinato.
En una visita que hizo a la ODHA en 2004, después del cierre del EMP, Olivares Alay le dijo a Arturo Aguilar, el más joven de Los Intocables, que ahora quería decir la verdad, y la verdad era esta: “noventa por ciento de lo que dijo Aguilar Martínez es verdad”. Olivares Alay se encontraba extremadamente nervioso por haber llegado a las oficinas de la ODHA. ¿Qué sucedería si Inteligencia Militar se enteraba? Arturo Aguilar accedió a esperar a que Olivares Alay lo contactara de nuevo, para fijar fecha y lugar para hablar de nuevo. Los meses pasaron y no oyeron más de él.
Olivares Alay hizo lo que cerca del 10 por ciento de la población guatemalteca ha hecho: emprendió el viaje ilegal y atravesó México para llegar a Estados Unidos. Se encontraba en Washington, D.C. La esposa de Mario Domingo, Jessica, es originaria de West Virginia, así que Mario Domingo aprovechó una visita a la familia para contactar a Olivares Alay.
Mario Domingo recibió instrucciones de ir a cierta esquina y buscar a alguien que llevara pantalones de lona, una camiseta roja y una gorra de béisbol. Olivares Alay era pintor de casas en las afueras de Washington. Se encontraron y fueron a un café cercano, Olivares Alay le contó a Mario que la noche del crimen, él y Aguilar Martínez, estuvieron de servicio como conserjes en el Palacio Nacional, entre 8:00 de la noche y 1:00 de la mañana. Pero Aguilar Martínez se había marchado después de haberse presentado a sus oficios, y no regresó sino hasta la 1:00 de la mañana, agitado y sudado. Y le contó que Monseñor Gerardi había sido asesinado.
Olivares Alay no supo la dimensión de la noticia, porque no sabía quién era Gerardi. Y, según él, nunca le dio la importancia sino hasta agosto de 1999, cuando Aguilar Martínez, después de haber testificado, salió del país.
El coronel Rudy Pozuelos sostuvo reuniones con varios especialistas del EMP después de que Aguilar Martínez testificó. “Nos sentíamos como un grupo privilegiado”, le dijo Olivares Alay a Mario Domingo. Los hombres aceptaron que sus nombres aparecieran en una lista donde se encontraban las personas que habían estado de turno en el EMP la noche del asesinato.
Olivares Alay firmó un documento notarial en el cual testificaba que Aguilar Martínez había estado con él en el Palacio Nacional. Le entregó a Mario Domingo una fotocopia de ese documento.
¿Dónde había estado Aguilar Martínez esa noche entre 8:00 y 1:00 de la mañana, precisamente las horas en que ocurrió el operativo para asesinar al obispo Gerardi? ¿Estaba realmente, como dijo, en la oficina de Servicios de Seguridad, cerca de la puerta de guardia del EMP? O, ¿sucedía como con Rubén Chanax, que en sus declaraciones implicaba a otros y suprimía su participación en el asesinato? En el juicio, los defensores nunca solicitaron la presencia de Aguilar Martínez, como sí lo hicieron con Chanax Sontay; tampoco hicieron hincapié en su testimonio. Ni siquiera llamaron a Olivares Alay para que repitiera su historia.
Justo cuando Jorge García y la ODHA estaban preparados para avanzar, armados con nueva información contra oficiales de alto rango, el Ministerio Público desarticuló la Fiscalía especial asignada al caso Gerardi. Jorge García permaneció, técnicamente, en el cargo, pero debía reportarle a otro fiscal, un antiguo militar, y su equipo de asistentes fue separado del cargo.
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