¿No disfruta acaso del sonsonete de una lluvia tupida?
Maria Olga Paiz
Llegan los ronrones y los recuerdos de los zompopos que ya no son de mayo. Llegan las luciérnagas que hacen titilar los suelos. Llegan los cielos blancos empastados, la luz filtrada y opaca y esa preciosa atmósfera cinematográfica. Llega el verde intenso de la vegetación recién bañada, un paisaje con más lustre y mayor resolución de color.
Llega la humedad que esponja el pelo y las plantas. Llega a ráfagas el aliento borracho de la tierra bebida, el suspiro agradecido del pasto regado. Llegan las lluvias.
¿No le gusta el suspenso bochornoso de la antelación? ¿y el conciliábulo de nubarrones en el horizonte? ¿No siente alivio cuando al fin se suelta el vientecillo premonitorio del chubasco? Cómo disipa la irritación, la modorra, ese leve soplo que llega sacudiendo las hojas de los pinos, anunciando a la lluvia.
¿Aún le infunden temor reverencial los truenos con su eco de pólvora o correntada brava? ¿Y qué hay de los luzazos azules que electrifican la noche? Una tormenta torrencial nos aísla en un sitio primitivo y allí adentro de la jaula de hilos de agua se nos figura ser los únicos en el mundo. ¿No disfruta acaso del sonsonete de una lluvia tupida? ¿De los deditos que tamborilean en la lámina al saludar y al despedirse? Y cuando amaina, ¿no admira embobado el agua cernida y grisácea del chipichipi?
¿Y qué decir de las gotas que se escurren en la ventana como lágrimas de un rostro triste? Es hermosa la lluvia. Hasta su nombre de mujer es lindo.
Cuando al fin escampa se siente uno renovado, limpio, niño. Con ganas de salir a saltar en los charcos y jugar otra vez lodo con trastecitos e intentar de nuevo aquella imposible linterna iluminada con los culos fluorescentes de luciérnagas. No sé usted, pero yo después de un buen chaparrón siento que todo vuelve a ser posible.
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