“Bienvenido al desierto de lo real” fue la máxima sentencia de Morpheo en la película Matrix.
Rosina Cazali
“Bienvenido al desierto de lo real” fue la máxima sentencia de Morpheo en la película Matrix. El 23 de febrero de 2007, los habitantes de la ciudad de Guatemala amanecimos -probablemente- con el mismo hilo en la garganta que el incrédulo Neo se tragó al comprender que su entorno era producto de una inteligencia artificial. Como voltear un calcetín, se nos abrían las entrañas, se nos caía el país a pedazos. Ahí estaba, nacido de la nada, un gran agujero de 50 metros de ancho y 65 de fondo tan real como la ficción y abriendo la pregunta: “¿Cómo logramos llegar hasta ahí?”. Surgieron explicaciones lógicas. Sin embargo, las más razonables fueron aquellas en función de una época bizarra, sin respuestas creíbles, repleta de imposibilidades y subterfugios. Corría por aquellos días el Festival de Escultura Guatemala Inmortal. Pero las prolijas esculturas de mármol blanco que decoraron los patios del Museo de Arte Moderno no fueron capaces de captar tantos matices de la realidad circundante como aquel desmoronamiento infame.
Disculparán la impertinencia, no digo que el agujero era una escultura, land art o accionismo puro y duro. Pero es esta la imagen más justa que encontré para explicar el significado del término no lugar y signo bajo el cual inicio esta columna. Así como el aura del agujero, existen espacios intangibles que nos dicen más de lo que suponemos como verdad absoluta. Decía Nabokov que la palabra “realidad” siempre debía ser escrita entre comillas, pues realidad es un término perceptible de despertar la duda y las paradojas. Con esto me refiero a que las sombras que rodean la realidad, a los productos simbólicos y culturales, a todas aquellas cosas que generalmente nombramos arte, determinan nuestro tiempo y nuestra existencia con mayor precisión que los eventos limitados por la lógica de la búsqueda de cánones. Además, hoy día los límites, las reglas para producir arte son tan inaprensibles que resulta inexacto el intento de tipificarlos.
De manera curiosa, y a partir de la etimología del término, el no lugar se identifica con la utopía, un término que viene de topoi, lugar en griego, y que va precedido del prefijo “u”, que indica negación.
Al mismo tiempo, y tal vez de manera más actualizada, es un fragmento de realidad carente de identidades fijas, es un algo que transita, que puede dibujarse en cualquier lugar, que es flexible y camaleónico… El no lugar es tan nada, tan inmensamente nada, que llega a describir con mayor precisión nuestra condición de sobrevivientes en el “desierto de lo real”.
Así, en palabras sencillas, esta no será una columna de crítica de arte sino de comentarios, sugerencias y relaciones, donde los productos artísticos gobiernan fantasmalmente más que enunciarse como cosas deseables o suntuosas. Desde el no lugar –que es más lugar- agradezco a Juan Luis y a Luis por el espacio.
0 comentarios: