Opinión:El nardo en la palabra (CLXXV)Lo vieron después en otro pueblo, tan pobre como siempre. Por: Amable Sánchez Torres
Cuando despertó –lo diré parafraseando el cuento de Monterroso– el pobre ya no estaba allí. Lo había encontrado unos días antes, en una esquina cerca de su casa, desarrapado, sucio y maloliente, con el pelo fosco, la barba hirsuta y los ojos echando chispas. Una ruina. Con el sombrero en la mano ribeteado de saín, parecía más próximo a una fantasmagoría que a la dignidad que debe caracterizar a cualquier hombre. Le entregó una moneda y samaritanamente se lo llevó a su casa. Le asignó un sitio en un rincón del pajar: paja mullida y limpia, acogedora calidez de establo, horizonte que pugna por desembarazarse de las últimas nieblas… Por la noche le llevó un lebrillo con agua caliente y un apetitoso mendrugo. El pobre se hizo un lavado de gato, engulló el pan casi atragantándose y se tendió a dormir sobre la paja, a pierna suelta y con la imaginación desatada. Ni los cantos de los gallos oyó aquella noche.
Al día siguiente, no demasiado temprano, fue a verlo. Acababa de despertar y estaba un poco desorientado. El lugar le resultaba desconocido. Hablaron como si se hubieran tratado desde mucho tiempo antes. Le llevó un frugal desayuno y, concluido este, el pobre salió a dar una vuelta por el pueblo. Casi se sentía un señor y como tal miraba con cierta autosuficiencia a los demás. Así pasaron varias semanas. Un día empezó a decirle que el trabajo era bueno, que la pobreza no honra a nadie, que no había nada mejor que ganarse el pan con el propio sudor, que le iba a hablar a ciertos parientes que podrían darle empleo, que él podría servir para esto y para lo otro, que si a uno nada le cuesta nada tampoco aprende a valorarlo, que el mundo es de los luchadores y de los que cumplen sus compromisos. El pobre lo miraba de soslayo, como si le hablaran en un idioma que no fuera el suyo. Una mañana, cuando fue a verlo, ya no estaba allí. Se sintió un poco desolado. Supuso que quizá le había pasado lo que al lobo con el can, en la vieja fábula de Fedro. El perro se sentía feliz de estar gordo, aunque pasara el día amarrado con una cadena. El lobo prefería andar libre, aunque estuviera flaco. Lo cierto es que el hombre no puede realizarse sin libertad, pero tampoco sin disciplina. La libertad y la disciplina no se contradicen, se complementan. Es más: es libre aquel que sabe vivir disciplinadamente dentro de la ley. La libertad nos pertenece por naturaleza. La disciplina la elegimos, e incluso nos la imponemos, de acuerdo con el dictado de nuestra conciencia inteligente. Nunca la espuela y el freno se deben considerar antagónicos. Lo importante es llegar a donde hay que llegar y al ritmo que cada uno soporte, sin codear a nadie ni ponerle zancadillas a nadie… Al pobre lo vieron después en otro pueblo, tan pobre como siempre. Agregar comentario: |
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