laColumna: Hoja de Vida
A algunos políticos tropicales, me imagino, les pasa lo que a los artistas de farándula o a las mujeres que aman demasiado. En el afán de convertirse en alguien importante y significativo para una masa social o un hombre, según sea el caso, pueden escoger compañías, adoptar nuevo nombre, cambiar de hábitos o teñirse el pelo. Como maniquís de escaparate, se visten para halagar las fantasías de otros y acaban perdiendo norte e identidad.
Vea la pasarela política. La nuestra, más que una contienda electoral, parece un certamen de presidenciables: los candidatos se pasean frente a nosotros como reinas de belleza. Para concursar no han debido llenar más requisito que plantón y la voluntad de someterse a los caprichos de la masa votante. Por nuestro voto, desfilan en trajes varios de campaña, levantan la mano, posan bonachones para la cámara, encienden fósforos, discuten temas de moda y responden a preguntas personales con espontaneidad ensayada. Improvisan cualquier cosa viril o chabacana que crean pueda causar buena impresión, que de eso va el asunto. Y, como ante las “mises” de concurso de la transmisión del 3, nos encanta hacerla de jueces en la eliminatoria. Nos sentimos poderosos y displicentes, como entrevistadores de desempleados o debutantes con pretendientes de sobra. Qué cachetón, qué bruto, qué mosca muerta, qué ridículo. Los trillados anhelos de un mundo mejor de las finalistas como los programas de gobierno: puro material de relleno, de común acuerdo. Cosa de no dejar que esto parezca lo que todos sabemos: una danza de apariencia y seducción. Y bueno, estos lances podrán granjear la conquista del cargo público. Para lo que viene después hace falta sustancia, y ¿cómo hallarla en personalidades-comodín fabricadas para agradar al gusto pasajero, cuya autoestima se mide en porcentajes de popularidad y cuyas ofertas cambian al son de la última encuesta? Pilas, señores del jurado calificador. ¿O nos basta el cortejo? Agregar comentario: |
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