Opinión:¿Quién no mató al obispo?Ojalá algún día el sentido del deber prevalezca sobre una hipocresía timorata y acomplejada. Por: Dina Fernández
Existe una persona que puede resolver el misterio del asesinato de Monseñor Juan Gerardi: el padre Mario Orantes.
Él estaba en la casa parroquial de la iglesia de San Sebastián el día que ocurrió el crimen. En su habitación, la prueba de Luminol determinó rastros de sangre. El cadáver de Monseñor Gerardi presentaba mordeduras de perro, correspondientes a las mandíbulas y los colmillos de Balú, el pastor alemán del susodicho cura. Me parece imperdonable que la opinión pública haya olvidado al sacerdote de las migrañas, que si acaso no estuvo directamente involucrado en el crimen, sí participó sin duda alguna en el encubrimiento del mismo y en la obstrucción de la justicia. Yo no he leído del nuevo libro de Francisco Goldman, El arte del asesinato político, más que lo publicado en elPeriódico. Eso sí, conozco a Goldman desde hace años, admiro su talento de escritor y su primera novela, La larga noche de los pollos blancos, es una asignatura obligada para los guatemaltecos. Será inevitable comparar esta obra a la de Bertrand de la Grange y Maite Rico para ver quién ofrece una teoría más sólida. Mientras tanto, aunque el libro de Goldman no haya llegado todavía al mercado local, ya picó el hormiguero, pues además de poner en la picota al candidato del Partido Patriota, la mayoría de nosotros tenemos una opinión sobre el caso Gerardi, opinión que suele ser apasionada porque casi siempre va ligada a nuestras simpatías políticas. En mi caso, estoy abierta a nueva información y me interesa analizarla. Sin embargo, esperaría encontrar evidencia dura, no especulaciones o dimes y diretes, pues debo aclarar que sí tengo algunas convicciones en torno al asesinato. Mi visión no se deriva de adhesiones ideológicas sino de mi experiencia en el terreno como periodista en procesos judiciales. Ese trabajo me ha enseñado a ser escéptica de testigos “sacados de la manga”, como el señor Chanax Santay, sobre cuyas declaraciones inconsistentes se edificó la acusación y el juicio por el asesinato de Monseñor. Desde los tiempos de El Señor Presidente sabemos lo que valen las declaraciones de estos testigos de ocasión, que entonan una canción diferente cada vez que los interrogan. Ahí nomás está el caso de Roberto Tejada, a quien crucificaron en primera instancia con un testimonio hecho de remiendos, pero elevado a la categoría de evangelio por la presión mediática. En el crimen de monseñor Gerardi existen otras circunstancias que empañan el proceso. Primero, la escena del crimen fue manipulada y contaminada. Recordemos que la misma mañana del crimen sacaron los trapeadores y el cloro para limpiar la sangre. Segundo, hubo prueba científica desestimada gracias a una campaña de desinformación emprendida por Ronalth Ochaeta para atacar la credibilidad del forense Pérez Reverte, quien sí era un especialista respetado y, de hecho, sí propuso un procedimiento rutinario para examinar el cráneo de Monseñor (dato comprobado luego por otros expertos y, el colmo, hasta por Grishom de CSI). Tercero, que a los meses de ocurrido el crimen, monseñor Mario Ríos Montt aseguró en una entrevista que su propósito era desvincular a la Iglesia del proceso. Hay testigos de esa conversación, entre ellos el editor de económicas de entonces, un hombre serio y profesional. Recuerdo que, al escuchar aquello, ambos nos volteamos a ver, sin poder creerlo. Entonces, ¿quién mató al obispo? No tengo idea. Solo sé que la investigación se desvirtuó y el juicio fue una payasada. Por eso mismo, insisto que quien puede y debe hablar es el padre Orantes, pues lo que él sabe y vio definitivamente arrojaría luz sobre la conjunción de fuerzas políticas, tentáculos de la mafia y elementos radicales ligados al Ejército, que intervinieron en este crimen, ocurrido con un telón de fondo de sórdidos e innombrables secretos de la Iglesia. Los sentimientos de culpa y pecado son poderosas herramientas de control. Orantes se niega a confesar su parte porque me temo que debería dar explicaciones bochornosas. Ojalá algún día el sentido del deber prevalezca sobre sus complejos y vergüenzas. La memoria de Monseñor Gerardi merece que se revele la verdad, para que la justicia pueda proceder con contundencia, tal y como Guatemala hubiera esperado el día que amaneció el cuerpo del Obispo tendido en un charco de sangre. Agregar comentario: |
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