Opinión:El rincón de CasandraPor razones históricas, éticas y religiosas, esta situación no podía perdurar. Por: Jacques Seidner
La sociedad norteamericana sigue siendo una democracia ejemplar, y ello a pesar de las limitaciones impuestas a la libertad individual local e internacional –desde septiembre 11– en su lucha contra el terrorismo islámico. Y sin embargo, la democracia estadounidense sufrió y pagó el alto precio de una sangrienta guerra civil para establecerse plenamente como tal. Y ello se debió a haber arrastrado consigo desde su nacimiento el lastre de la esclavitud, un absceso que envenenó a lo largo del siglo XVIII y XIX, y hasta de Guerra de Secesión, a la sociedad norteamericana. Se trató de un problema complejo y paradójico político y social que también provocó problemas de conciencia a los ciudadanos de esa novel democracia. Por ejemplo, Washington y Jefferson eran propietarios de esclavos a pesar de ser hostiles al sistema esclavista. Otros –aunque los menos– liberaban los suyos, pero la costumbre, la economía y la política impedían que progresara el abolicionismo.
Hubo, sin embargo, varios acuerdos en la primera mitad del siglo XIX que lograron separar zonas esclavistas y zonas libres, sobre todo esto último, en los nuevos territorios del oeste. Y es probable que la esclavitud hubiese desaparecido sin mayor enfrentamiento bélico si no hubiese sido por el algodón, único cultivo del Sur. Su cultivo requería una inmensa mano de obra servil y poco especializada, y fue así que alrededor de tal actividad se fue formando una sociedad blanca, rica, elegante e intolerante que basaba su vida fácil y feliz en la fibra reina, y en la necesidad imperiosa de poseer esclavos. En 1850 se calculaba la existencia de tres millones doscientos mil esclavos con un valor global de dieciséis billones de dólares. En vista de que desde 1808 la importación de esclavos fue prohibida, el valor individual de estos aumentó sensiblemente y algunos Estados esclavistas –Virginia, por ejemplo– procedieron a la cría de esclavos destinados a los estados sureños requeridos de mano de obra adecuada, y dispuestos a pagar precios interesantes. Y así fue que el valor de un joven esclavo en 1780 era de US$200, el mismo en 1818 US$ 1,000 y en 1860, a las puertas de la guerra civil, se cotizaba en US$2 mil. Y es por ello que, contrariamente a la creencia general y a pesar de algunos abusos corporales, los esclavos eran cuidados como parte de un capital de trabajo difícil y caramente reemplazable. Por razones históricas, éticas y religiosas, esta situación no podía perdurar. El sur no lo entendió así, o no pudo admitirlo, debido a su estructura económica basada en el algodón y, ante la presión abolicionista venida de Washington, los estados sureños declararon su separación de la Unión. Para el recién electo presidente, Abraham Lincoln, esto era inadmisible, y por ende la guerra inevitable. Lo que siguió fue muerte y destrucción…. y lo que el viento se llevó. Hoy el pueblo estadounidense puede –sin sonrojarse– mirar de frente al mundo por ser un faro indiscutible de democracia. Agregar comentario: |
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