Opinión:
No estoy seguro de su título –podría ser Pájaros en la niebla–, pero sí de sus primeros versos: “Cantan, cantan… / ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?”. Es un breve poema de Juan Ramón Jiménez. Toda su fuerza y su belleza radican en ese reiterativo cantan, cantan, cantan, y en ese no saber precisamente dónde. ¿Qué nombre tienen y dónde cantan los pájaros? En mi caso, yo sí lo sé: se trata de un cenzontle, que, alrededor de las cuatro y media de la mañana, canta en los árboles cercanos a mi casa. ¿Cómo no calificar esto de don de Dios? ¿Quién le ha dicho a ese pájaro que cante? ¿Cuánto le pagan por ello? ¿Por qué ha de contar más en el universo el enorme astro de la galaxia inconmensurable que este pájaro anónimo, de pardo plumaje, hábitos casi domésticos y milagrosa melodía? Puede amanecer el día nublado, lluvioso, radiante… ¡Qué más da! Él está ahí, uno y libre en su designio, con su atril verde y su violín bien afinado, interpretando su parte –su imprescindible parte– en el concierto de la creación.
Espero que no me pase un día con él lo que al prisionero del famoso romance. “Que por mayo era, por mayo, / cuando aprieta la calor, / cuando canta la calandria, / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados / van a servir al amor, / sino yo triste, cuitado, / que vivo en esta prisión, / que ni sé cuando es de día, / ni cuando las noches son, / sino por una avecilla / que me cantaba al albor: / matómela un ballestero; / ¡déle Dios mal galardón!”. Espero que no sea así. Sé que un día este pájaro dejará de cantar. Que, después de haber diseminado su canto por el viento, él mismo caerá en tierra como una semilla. Pero espero también que sea porque así tiene que ser y no porque lo mate nadie.¿Por qué habrían de matarlo? Creo en el misterio. Creo también que en el misterio todo tiene sentido y que nada ocurre sin que alguien, que es más que todo y que todos, así lo determina: “¿No se venden dos pajaritos por un as? Sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre” (Mt 10, 29). Unamuno lo decía de otra manera: “Si cada día que pasa / nos dejara su canción, / aún podríamos decir: / todo es nuevo bajo el sol”. La canción siempre está ahí, en un tono o en otro. Lo que necesitamos es saber oírla. Si nos empeñamos en ser sordos, no podemos echarle la culpa a nadie. Siempre y en todas partes hay motivos para la esperanza y para la alegría. La canción puede ser del cenzontle, del arroyo, del niño, del astro, del vecino… La expresión del Eclesiastés “nada es nuevo bajo el sol” es muy discutible, y hasta puede ser pesimista e injusta. Porque el mundo se puede estrenar todos los días, pues todos los días puede ser tan nuevo como nosotros lo hagamos. Es de ciegos negar el mal. De suicidas, negar el bien. Agregar comentario: |
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