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laColumna: Viaje al centro de los libros

Otto-Raúl González

Hubo una vez un grupo de poetas y escritores que tuvieron que abandonar su tierra, Guatemala, y encontraron refugio en México, país donde permanecieron hasta envejecer o morir. 

Por: Méndez Vides

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Hubo una vez un grupo de poetas y escritores que tuvieron que abandonar su tierra, Guatemala, y encontraron refugio en México, país donde permanecieron hasta envejecer o morir. Otto-Raúl González fue uno de ellos. México lo trató bien, lo acogió junto a tantos otros de los nuestros a quienes adoptó. Los años han pasado y nuestros escritores en el exilio han ido desapareciendo. Algunos regresaron ancianos a recoger los honores que les concedió tardíamente nuestra patria, para pagar esas horas de terror que sintieron la tarde que les tocó atravesar el río Suchiate sin esperanza de retorno, con frío, mal cubiertos, corriendo para salvar la vida. En el DF se reunió una pequeña colonia de escritores nuestros, que mantuvieron los lazos vivos y entrañables, enquistándose unos contra los otros, siendo hermanos o enemigos, igualito que si hubieran permanecido en esta tierra tan revuelta. Hace algún tiempo nos visitó Carlos Illescas, viejo y cansado, y recorrió el paisaje que no olvidó nunca con la tristeza de quien se despide de lo no vivido, de una tierra que adoptó la figura de la novia de estudiante, de rostro claro con nombre impreciso. Nos dejó sus libros, que envejecen en los anaqueles sin ser descubiertos. Se fueron Luis Cardoza y Aragón y Tito Monterroso. Aquí ancló su nave Mario Monteforte Toledo, porque no podía marcharse sin haber hecho algo por la patria. Y ahora le tocó el turno a Otto-Raúl González, quien acababa de recibir el doctorado Honoris Causa que nuestra máxima casa de estudios superiores le otorgó como último aliento. Vino en silla de ruedas, no porque no pudiera caminar sino porque había decidido no hacerlo más. Vino cansado a despedirse: “Bajo la luz radiante de esta tarde / que parece de junio y es de enero / un lento fuego en tus corolas arde”.

Otto-Raúl publicó en 1943 el libro por el cual se le recordará siempre, Voz y voto del geranio, obra donde plasmó su profunda preocupación social, marcando el fin definitivo del Modernismo que perduró pasado de moda, por más de medio siglo, en nuestra vida pública. El segundo poema de dicho libro, Residencia, es una joya inolvidable que inspira libertad: “Pues la tierra es de todos y de nadie / el geranio se propaga por la tierra (…) el geranio está en la tierra / y en el aire / y en la luz / y en el agua; // el geranio reside en todas partes”. Y Otto-Raúl es un geranio nuestro, trasplantado a la fuerza, desterrado, que vivió en una maceta como otro guatemalteco más víctima de la intolerancia.

Su deceso nos retrae el pecado de la patria, la deuda que tiene la tierra con los geranios que aquí crecen y se marchitan en el olvido. El pesar es nacional: “Bajo qué lluvia, geranio, lloras tu dolor antiguo”.

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