laColumna: Lado b
Otto Raúl escribía y fumaba. Mucho. Yo lo conocí fumando. Fue una tarde de hace muchos años en casa de otro poeta, de otro exiliado eterno y legendario, el salvadoreño Roberto Armijo. Hubo mucha plática, mucha poesía y mucho tabaco, a pesar de que Roberto era asmático y cada cierto tiempo nos exigía abrir la ventana y dejar entrar el viento gélido de un riguroso invierno parisino que nos congelaba.
Fue hace mucho tiempo, dije, pero recuerdo con mucha claridad esa tarde. Otto Raúl me habló de mi padre, me dijo que habían estudiado juntos el bachillerato. Eso fue en tiempos de la dictadura de Ubico. El primer cuento que escribió en su vida, recordó, tenía un personaje que se llamaba Aceituno. Durante tres años había escuchado el apellido todos los días, cuando el maestro repasaba la lista de alumnos antes de iniciar las clases. Le sonaba simpático y hasta un tanto extraño. Otto Raúl murió en México el sábado pasado. Era una leyenda, un mito, y para la generación a la que pertenezco, aún eran importantes los mitos. Presencias tutelares que te guiaban y te protegían en el camino. Con él, como con Illescas, se va esfumando casi hasta desvanecerse una idea de la poesía, ligada intrínsecamente a la ética, a la solidaridad con los seres humanos, al profundo deseo de transformar el mundo. Leí por primera vez la poesía de Otto Raúl en los años setenta, creo que todavía en la secundaria, en las ediciones populares que Augusto Enrique Noriega publicó para la Municipalidad de Guatemala. Ahí estaban incluidas sus Cánticas para Joan Baez. Las debo tener aún guardadas en una caja de zapatos, ahí donde por mucho tiempo guardé fetiches importantes en mi vida de lector y de escritor incipiente. La última vez que lo vi fue en México, a finales de 2004; platicamos mucho rato y nos dimos un abrazo fuerte. Agregar comentario: |
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