Opinión:Bush: aplausos y abucheosUn mañana sin “gulags” y sin paredones de fusilamiento tras el muro. Por: Carlos Alberto Montaner*
Bush viajó a Italia y el Ejército tuvo que protegerlo de la ira popular. En España o Francia, si pueden, lo fusilan al amanecer. Lo odian. Sin embargo, fue a Polonia, República Checa, Albania y Bulgaria y lo esperaron con los brazos abiertos y grandes pruebas de felicidad colectiva. Y es fácil de entender: las sociedades que vivieron bajo la bota comunista le agradecen a Estados Unidos las denuncias constantes a la violación de derechos humanos que ocurría en los “paraísos socialistas”.
Mientras en occidente se abría paso la cobarde consigna de “primero rojos que muertos”, y los pesimistas daban por sentada la inevitabilidad del avance del comunismo, la voz de Kennedy en Alemania, asegurando en 1963 que él era un berlinés, y que junto a ellos se jugaba la vida, o la de Reagan, 25 años más tarde, frente a la Puerta de Brandenburgo, pidiéndole a Gorbachov que derribara el Muro de Berlín, fueron casi las únicas manos amigas que mantenían viva la ilusión de un mañana sin gulags y sin paredones de fusilamiento. En América Latina sucede algo parecido: de acuerdo con las encuestas más solventes, las sociedades más pronorteamericanas del continente son las de Nicaragua y El Salvador, precisamente en las que Estados Unidos contribuyó a la derrota de los comunistas, y la de Panamá, donde en 1989 una invasión norteamericana desalojó del poder a un narcodictador muy cercano a la tiranía cubana. Es cierto que en esos países también existe un fuerte sentimiento antinorteamericano en un sector de la población, pero la proporción de quienes tienen una buena opinión de Estados Unidos duplica o triplica (como ocurre en Panamá) la de quienes opinan lo contrario. Incluso en Cuba, se calcula que el 56 por ciento de la población, si pudiera, emigraría a Estados Unidos, donde ya radican más de dos millones de personas escapadas de la isla. ¿Qué hubiera pasado si, tras la derrota de los nazis, y en medio de aquella locura de conquista planetaria, Estados Unidos no hubiera desarrollado una estrategia defensiva de contención, con alianzas como la OTAN y ayudas como el Plan Marshall? Es verdad que Washington cometió numerosos errores y algunos excesos en el desempeño de su liderazgo, pero ¿había alguna otra nación dispuesta a pagar el altísimo precio de enfrentarse a Moscú y a Pekín? Cuando la antigua Yugoslavia se deshizo en medio de varias guerras civiles y se sumergió en un terrible baño de sangre, ¿a dónde acudió Europa en busca de dirección y apoyo para someter a los serbios? Llamó al amigo americano. En 1992, en un viaje a Hungría, un joven y brillante político que luego fue Primer Ministro, Víktor Orban, recordando los tiempos de la resistencia frente al comunismo, resumió la situación en una frase rotunda: “sin los americanos nuestra esclavitud tal vez no se hubiera acabado nunca”. Agregar comentario: |
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