Deberían quedar excluidos de nuestra preferencia los traidores.
César A. García E.
Ante el –otra vez viciado– proceso electoral, que se caracteriza por encuestas variopintas, tráfico de influencias, politiqueros queriendo participar contra derecho y obviamente la inserción de capitales oscuros –en mayor o menor grado– en todos los partidos políticos, no puedo más que intentar buscar algunos criterios que debían servirnos de orientación para elegir a los buenos… si es que resulta posible, o por lo menos para abrir los ojos y no elegir a los peores. Las campañas negras dieron inicio, las acusaciones mutuas y también los insultos a la espalda pero al público, que contrastarán mucho con el abrazo en que seguramente se fundirán los candidatos que “ahora se odian” y maltratan, en el próximo partido de fútbol entre presidenciables y directores de medios de comunicación. Cuando ese abrazo y esa camaradería se den, preguntémonos: ¿Qué clase de alimañas pueden despotricar a las espaldas de sus adversarios, acusándoles de cuanta cosa se les ocurre y luego abrazarse fraternalmente… para luego volverse a acusar mutuamente? Las Sagradas Escrituras, condensadas en La Biblia, colección de libros que estoy convencido contiene los consejos de Dios para que la humanidad alcance vida plena, orientan en todos los temas. De hecho, no he encontrado un tema que afecte la existencia humana sobre lo que estas antiguas, pero actuales, escrituras no tenga algo que decir. En el evangelio de Mateo, 7:16-17, se lee: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos”. En este orden de ideas, deberíamos rechazar de entrada a los farsantes que han producido mentiras por décadas; que no han trabajado para vivir, sino más bien han succionado la sangre de cándidos guatemaltecos viviendo del Estado, o bien esgrimiendo la bandera de la pobreza y la exclusión… problemas por los que solamente han hablado, pero nunca hecho nada tangible. También deberían quedar excluidos de nuestra preferencia los traidores que han apuñalado por la espalda a sus semejantes y han vendido su voluntad… porque ellos no cambiarán y volverán a traicionar una y otra vez a sus votantes. Es importante excluir, además, a los timadores que se presentan a la contienda como “caras nuevas” para el Congreso, pero que se hacen acompañar –en las papeleteas– por diputados repitentes al Congreso que han abusado, robado, viajado y vivido cuales jeques a expensas del sufrido y aguántalo todo pueblo de Guatemala…“dime con quien andas”… El deber y derecho de votar es nuestro, pero el ejercerlo no empieza y termina con asistir un domingo –cada cuatro años– a mancharnos el dedo. Nuestro deber para con nuestra patria, hijos, nietos y futuro es profundizar, discernir y sancionar con nuestro voto a los malolientes y corruptos… es preciso desincentivarlos, para que dejen de vivir de la teta del Estado.
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