El temor a la violencia no es aquí un asunto de ricos o de pobres.
Maria Olga Paiz
Los guatemaltecos tenemos muchos rasgos en común, pero quizá lo que mejor nos defina son nuestros miedos compartidos.
En Guatemala, cada propietario teme a la usurpación, un miedo que proviene de la ausencia de un régimen de legalidad que provea de garantías, y de la amenaza siempre latente que supone la coexistencia con la más absoluta miseria.
Así que todos cuidamos con ansiedad nuestra parcela de certeza, sea este un empleo o un porcentaje de ganancias. Ante la ausencia de seguridad social, acumulamos con esfuerzo, triquiñuela o desmesura, que no es cosa de quedar al descampado sin garantías de salud, educación o vivienda para nuestros hijos, y sin nicho en que caer muerto cuando llegue implacable la vejez.
La insolencia de la riqueza nueva, con su vocación por aviones a propulsión, campos de golf y yates opulentos, podría hacer pensar que aquí se acabaron los días de esconder con pudicia la fortuna, pero ese es uno de nuestros temores más arraigados. Incluso ha desembocado en una compulsión: ocultar el capital que se posee en sociedades anónimas y acciones al portador sin registro reconocido.
El temor a la violencia no es aquí un asunto de ricos o de pobres. Ese es un auténtico pavor compartido tanto por aquel que intenta guardarse las espaldas con ejércitos privados, como por quien viaja en camioneta con el escapulario prendido a la ropa interior. Los no indígenas temen en silencio o a grandes voces el levantamiento de los indios. Pronuncie usted el nombre de Patzicía y evocará esos miedos. Los indígenas, por su parte, han temido por siglos que se fuerce la desaparición de su cultura. Propietarios y desposeídos, indios y ladinos tememos todos al gran remezón, el cataclismo del final de los tiempos.
Así, esquivando temores, se nos van gastando los años y nos queda cada vez menos tiempo para la vida.
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1 comentarios:
francisco perez: (2007-07-02 13:22:30 horas)
En Guatemala se vive con temor a muchas cosas, pero hay miedos colectivos que son centenarios, y seran muy dificiles de desarraigar, son parte de nuestra idiosincracia. Como ud. dice no es un asunto de ricos y pobres, pues estos miedos colectivos nos afectan a todos, pero estamos tan acostumbrados a la violencia y a la muerte, que la mayor parte del tiempo estos miedos, pasan desapercibidos, y es ahi donde esta el peligro real. Nos hemos insesibilizado al dolor ajeno; unicamente paramos un poco en nuestra carrera por la vida, cuando la violencia y la cultura de la muerte nos toca directamente. Somos una sociedad enferma.
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