Los descubrís de vez en cuando. Están ahí al doblar la página del periódico. Tratando de sobresalir detrás de los candidatos presidenciales. Perdidos entre la multitud de cualquier mitin. Robando cámara en las recepciones sociales. Protagonizando vallas en carreteras secundarias y mal asfaltadas.
Están panzones, calvos, algunos hinchados por el alcohol y por aquello que llamábamos “la mala vida”, intentando esbozar una sonrisa para ganarse todas las simpatías. Prometiendo lo que sea, carreteras, puentes, mercados, desagües, mientras se limpian el sudor con el pañuelo y ayudan a los albañiles a chapucear alguna escuela.
Si te fijás mejor, debajo del sombrero o de la cachucha de beisbolista, aparece el cuate aquel con el que te cruzabas todas las tardes en tu colonia, el que siempre andaba vestido de basquetbolista; aquel que fue tu compañero de escritorio en la secundaria; el mismo que te persiguió años después en la Universidad para que te integraras al Opus Dei o a una célula del Partido Comunista; aquel que se inscribió el mismo día que vos en el gimnasio; el que enamoró a tu prima y fue el primer novio de tu hermana; el que te encontraste un fin de semana en Xetulul o en el concierto de la Electric Light Orchestra; el que andaba con rayitos en el pelo a mediados de los ochenta; el que abandonó a la esposa y se juntó con la vecina; el que se convirtió a Cristo; el que fue mariguano en Pana; el que desfalcó el Seguro Social y te invitó a unos tragos en Miami...
Tu generación llegó al poder, de eso no hay duda. Ahora se pasean por la vida en gigantescos picops de doble cabina y con inquietantes chumpitas de matones. Serán dinámicos alcaldes o aguerridos diputados. Antes de llegar a viejos, todos seremos presidentes. Quién lo hubiera dicho, quién lo hubiera pensado.
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