laColumna: AyerEl excusadoDespués del patio de la servidumbre, en donde estaba la pila, las habitaciones del servicio, el cuarto en donde se apilaba la leña y la cocina estaba el tercer patio. Por: María Elena Schlesinger
Después del patio de la servidumbre, en donde estaba la pila, las habitaciones del servicio, el cuarto en donde se apilaba la leña y la cocina estaba el tercer patio.
Se le llamaba también “el sitio” y era el lugar más alejado de la casa y el ombligo de la manzana, en donde crecían a su antojo los árboles frutales, más de un aguacatal gigante y las grandes enredaderas con güisquiles y lorocos. Para llegar al sitio se abría la última de las puertas de la casa, la de madera enclenque y desvencijada que por las noches se cerraba con una tranca. Muy cerca de la puerta estaba el excusado de la servidumbre: un agujero muy grande que daba al fondo de la tierra, rematado por una tarimita de madera con un agujero redondo en el medio dispuesto para sentarse. La consigna para usar el excusado era dejar cerrada la puertecita que daba a la pila, y estar muy atento a los ruidos o a las pisadas para poder gritar a tiempo y todo pulmón, “está ocupado”, porque a nadie le gustaba ser visto en el excusado, pero menos aún a Manuela, quien siempre fue muy pudorosa con los asuntos de su cuerpo. Para usar el excusado, se debía también espantar a los zopilotes que se asoleaban adormilados con los ojos cerrados sobre la madera del andamiaje del excusado, extasiados por los humores que salían de por entre las rendijas de madera. Todos sabían que Manuela se preparaba para visitar el excusado porque además de guardar dentro de la bolsa de su delantal varios pedazos cuadrados de papel periódico, la novena de San Judas Tadeo y un rosario de pepitas cafés, agarraba un viejo palo de escoba que escondía detrás de la puerta de la cocina, y como si se fuera a la guerra, con el palo de escoba por lanza, se preparaba para traspasar la últimas de las fronteras de la casa para realizar el acto más humano y prosaico de todos, el de cagar. “Aléjense de aquí animales inmundos”, se oía gritar a Manuela, mientras espantaba con el palo de escoba a las aves de rapiña que dormían encima de las tablas del excusado mostrando sus garras afiladas y el buche colorado colgante. Desde la cocina se oían la guerra de insultos y el revoloteo de las alas negras de los zopes: “bandidos, desgraciados, horrorosos”, y cuando terminaba el forcejeo y paraba la sarta de insultos era porque Manuela comenzaba a levantarse las enaguas de algodón blanco y se arremangaba el vestido de popelina, acomodando su pequeño trasero en el excusado. Manuela pasaba horas sentada en el excusado por males de estreñimiento, viendo el cielo azul de Guatemala a través del encaje verde un pimental. Después de espantar a los zopes, limpiar cuidadosamente la tapa del excusado con uno de los pedazos de periódico, se oía entre pujido y pujido, la interminable cadena de Dios Aves Marías repetidos en decenas, las gloria al Padre y los Padre Nuestro del rosario como para ir entreteniendo la agonía de su tripa. Y cuando su situación en el excusado era extrema, y duraba más de la cuenta, sacaba de su delantal la novena de San Judas Tadeo, el patrono de los casos difíciles, e imploraba al santo de los carpinteros para que le resolviera de una vez por todas sus males intestinales. Después de una tarde entera en el excusado, la buena de Manuela regresaba del tercer patio exhausta, pero feliz y contenta, y dando fe de los milagros. Agregar comentario: |
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