laColumna: Follarismos
Me desconcierta el número y la magnitud de sufrimientos amorosos que mis pacientes, solos o en pareja, vienen a solventar a mi consultorio. No digo que este sea el único problema que aqueja a las capas medias urbanas con las que trabajo, pero es quizás el más frecuente.
Después de cinco años de experiencia en Guatemala, podría afirmar que la pobreza principal con la que tenemos que lidiar –mayor aún que la pobreza material– es la de nuestra ignorancia supina en las artes del amor. Y quien dice amor, dice las variadas gamas de la interacción afectiva: desde la amistad, pasando por el amor filial y paternal, hasta llegar al de pareja y sus vericuetos eróticos y espirituales. ¿Qué predomina? La vigencia del mito de la posesión. El otro suele ser concebido (en los casos de sufrimiento patológico de que hablo) más como un objeto en propiedad, que como una persona. Y la relación amorosa, no como una entrega y un diálogo arriesgado y frágil entre dos historias y dos voluntades, sino como la fijación estereotipada de roles regidos por un guión absolutamente estúpido e irreal, basado en una moral de pacotilla cuya premisa es guardar las apariencias cueste lo que cueste para evitar la sanción social y el sentimiento de fracaso. Nos comportamos en el amor como plantas parásitas que se aferran desesperadamente a alguien con la esperanza ilusoria de que esa persona nos proporcione los nutrientes que creemos necesitar y que jamás aprendimos a producir por cuenta propia. En esas condiciones, lo más lógico es hacer portar a los demás el sentido de nuestra existencia y culparlos por nuestra felicidad o infelicidad. Para ponernos después a llorar a moco tendido, como en las telenovelas, atragantados de dolor y de rabia. Agregar comentario: |
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