Opinión:
El norte de este caso está precisamente en el norte de la iglesia de San Sebastián y -tan es así que- solo así -se explica la captura del padre Mario Orantes montada por el Estado Mayor Presidencial de la época como que si se tratase de una revolución o de un golpe de Estado: ¡400 policías para capturar al cura! “Sutil” forma de presentar como culpable al inocente. La guerra sicológica manejada desde aquel híbrido político militar que agonizaba– experto en estas guerras -incluyó hablar de “cuentas bancarias millonarias del sacerdote”– inexistentes todas; de “cargada tarjeta de crédito”, que tampoco había; de películas comprometedoras: una de vampiros entre varias musicales, incluida Mary Poppins y otra u otras por el estilo y ¡claro! de perfumes –que no lociones– para darle al asunto un aire femenino…
La jugada resultó perfecta, cara a aquellos fines: “Malos elementos tiene el Ejército: los Lima, como los tiene la Iglesia: Orantes.” ¡Aquí no pasó nada! El mensaje de terror no tiene ninguna importancia “¡A mí que me registren!”, pero el mensaje de terror está allí, claro y terminante. El inequívoco móvil de aquel crimen. Ya solo faltaban de vuelta en el folklore de los múltiples actos distractores, el pobre Balú y aquel grotesco personaje español que quería llevarse un dedo del cadáver del Obispo para el museo de su colección privada. Perder de vista el móvil de este crimen -es el inequívoco efecto que tuviera el que nos hace evidente el móvil– no es sino abonar la confusión y –con ella– la impunidad, siendo así que es el inequívoco efecto que tuviera el que nos hace evidente el móvil del delito. ¿Los Lima? ¿Orantes? ¡Magníficos chivos expiatorios! ¿El Ministerio Público? Inepto y encubridor. ¿La sentencia? Un auténtico churro. Con un mamotreto así –ajena al elemental rigor del silogismo- cualquiera podría sufrir una condena. El mismo testigo “estrella” incrimina a Orantes y a los Lima y si se suprimiese su testimonio no habría evidencia en contra ni de uno ni de otros y fue por ello que se tuvo que llegar a la sentencia con sabor de “paquete”: o se condenaba a todos o a ninguno. Quede claro que si bien la sentencia es –como decíamos- un merengue jurídico y pésima la investigación del Ministerio Público, ello no quita valor al proceso y quienes siguieron, paso a paso, las vicisitudes procesales, intuyeron en todo momento la mano invisible que se daba en el asunto... No sé si se llegue a establecer la identidad de los autores materiales e intelectuales del crimen más allá de cualquier duda razonable. No sé si podrá darse respuesta a las interrogantes de quién mató al Obispo y de quién no lo mató pero una cosa debe quedarnos clara: que se le mató, para hacernos entender que aquí se encuentran los de siempre. Que hacen lo que se les da la gana y que nadie contra ellos… Con el agregado macabro de que si esto hicieron con aquel, podrán hacerlo con cualquiera. ¿Quién mató a Roni Elmer Orellana, a Hugo Rolando Melgar, a Mario López Larrave, a Karl Von Spreti, a Karl Bruderer, a David Guerra Guzmán, a Arnoldo Otten Prado, a Carlos Cheesseman, a Guillermo Monzón Paz? Poco pareciera importar la respuesta a esta pregunta o la que pudiera formularse en términos iguales en cuanto a todos y cada uno de los seres humanos que fueron asesinados a lo largo del conflicto porque, hoy por hoy, lo que está en boga es el Obispo. Este es el producto de consumo… El por qué de los crímenes y el por qué del silencio parecieran no importar cuando es el caso que, escudriñando, adentrándonos en estos, es que podríamos encontrar la primera luz para que empezáramos a entendernos y a vernos unos a otros con la vergüenza con que debemos vernos. Para que empezáramos a compartir el dolor que debemos compartir, para que pudiéramos empezar a recorrer el camino que nos permita redimirnos -como seres humanos individuales- y como pueblo, de nosotros mismos… Agregar comentario: |
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