A pocos días de fallarse en Ginebra el quitar a Cuba de la lista de violadores de los derechos humanos, eliminando, de paso, la figura de un relator que investigue la situación de las cárceles dentro del país, aparecía ahorcado el domingo 23 de junio en una celda, en condiciones muy “poco claras”, Manuel Acosta, quien estaba bajo custodia en una unidad de la Policía en Aguada de Pasajeros, Cienfuegos –centro de la isla–. Esto ha sido denunciado a la agencia EFE el 27 de junio por el líder de la ilegal Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), Elizardo Sánchez.
Acosta era miembro del movimiento opositor Democracia y cumplió con anterioridad 2 años de prisión por desacato. El disidente Manuel Acosta contaba con 47 años de edad y, según el líder de la Comisión cubana de derechos humanos, nunca tuvo señales de que pudiera suicidarse, porque tenía una “buena salud física y mental”. Según el canciller Pérez Roque, Cuba obtuvo en Ginebra una “espléndida victoria” al ser borrada de la lista negra de países violadores de derechos humanos, después que 46 de las 47 naciones miembros, con excepción de Canadá, aprobaran el nuevo esquema de funcionamiento del Consejo de Derechos Humanos, al que Estados Unidos no pertenece por considerarlo un fraude. ¿Cómo el régimen se anotó este gol?
La Casa Blanca esperaba que la recomendación de jubilar a la relatora para Cuba, Christine Chanet, viniera de España o Venezuela, que no integran ese órgano de la ONU. Pero la sorpresa llegó de México, que presidía el Consejo. Quién iba a imaginar que un socio y aliado, con el que Estados Unidos comparte frontera, historia y comercio, propusiera retirar a la observadora en un acto que terminaría interpretándose en Washington y en Miami como una ofrenda política para los Castro.
A la medianoche de la última jornada de sesiones del Consejo y tras maratónicas deliberaciones, la representación mexicana pidió al resto de las delegaciones aprobar por aclamación, no por voto, el código de conducta para los observadores de la ONU.
¿Por qué esa misma noche el presidente Felipe Calderón, a quien recuerdo un crítico de Fidel Castro, enviaba un mensaje a Raúl Castro por el fallecimiento de su esposa Vilma Espín, en el que la glorificaba por “sus incansables esfuerzos en favor de las mujeres y de la niñez, que guardan ya un merecido espacio en la historia social del pueblo cubano”?
La respuesta reside en los intereses de política exterior del Gobierno de Felipe Calderón: la relación de México con el mundo, con Cuba y con Estados Unidos, y a este respecto, la visión mexicana sobre la manera en que Washington se conduce e impone su poderío diplomático y militar fuera de casa: donde se le acusa de practicar un doble rasero moral en materia de derechos humanos, como su ausencia en la Corte Penal Internacional, y el que la Casa Blanca condene a las dictaduras de Cuba, Corea del Norte y Sudán, al tiempo que cierra los ojos a las violaciones en China, con quien privilegia el comercio.
Sobre lo ocurrido en Ginebra, los mexicanos argumentarán que la relatora Christine Chanet quería retirarse al no poder ir a Cuba. Refutarán las críticas de Washington y Miami con la teoría de que el mandato de la francesa carecía de resultados concretos, mientras que el nuevo mecanismo de inspección entre pares (‘Universal Pair Review’) del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, podría abrir las rejas cubanas para investigar la represión contra los opositores al régimen.
Como ciudadano mexicano, además de cubano, voté por Felipe Calderón, convencido de que era la mejor carta para México. Entre otras razones, lo hice porque le tocaría ser testigo de cambios en Cuba, y podría, como presidente, jugar un papel clave a la hora de una transición hacia la democracia en la Isla. Espero que al final no me defraude.Mientras tanto, es difícil tragarse esta Ginebra a la roca que nos han servido.
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