Un estudio reciente de Enrique Estra-da (URL) documenta algo de los avatares psicológicos de 12 muchachas, casi niñas, causados por abusos sexuales sufridos de parte de familiares cercanos. A veces estos abusos eran acompañados de otros, físicos y emocionales. Los hechos fueron denunciados por otros familiares, quienes al enterarse acudieron a las autoridades, las que a su vez remitieron a las víctimas a un albergue a cargo de una orden religiosa. El estudio se centra en la eficacia de una terapia expedita para tratar repercusiones evidentes del trauma: pérdida de sueño, hipervigilancia, culpa, depresión, minusvaloración, pesimismo… Las historias clínicas, aún con su lenguaje aséptico y casi de parte policial, dejan entrever sufrimientos indecibles y actos de horror en familias que acaso pasan por completamente normales y tradicionales.
Más allá de estadísticas y registros –que seguro serán siempre tímidos– no se puede dejar de preguntar de dónde salen esos impulsos violatorios de la frágil intimidad de niñas y púberes (¡sobrinas!, ¡hijastras!, ¡hermanas!) y de irrespeto total a su dignidad. Dejemos las pulsiones, ¿cómo se han creado y se mantienen los espacios para que aquellas se manifiesten y concreticen? ¿Están estos espacios, hablando estrictamente, solo tras la puerta de los hogares, totalmente fuera de lo público? Porque más allá de los casos específicos de energúmenos (el monstruo excepcional que confirmaría la regla), tampoco puede dejar de preguntarse acerca de la conexión de tales hechos con toda una cultura de hiperobjetivación sexual de la mujer –en especial la joven– y, en general, de irrespeto a la vida, ya no digamos a la dignidad. Son estos, claro, problemas escurridizos que nos deberían tocar a todos, pero que, si acaso los consideramos, dejamos en manos de abstracciones ajenas como “el consumismo”, “la publicidad” o aún “la naturaleza humana”. Más fácil así, ¿no? ¡Total, qué tengo que ver yo en nada?
Que no todo está perdido en la familia, en el Estado o en la sociedad, queda claro si se considera que, después de todo, los casos abordados por el estudio en mención fueron denunciados a las autoridades; estas tomaron cartas en el asunto; y existen hogares de albergue, instituciones y profesionales que se preocupan por la situación y hacen algo. Todo esto, empero, no deja de saber a coartada social, mientras solo se sanen unas cuantas heridas y no se vaya tras el monstruo, que no solo está tras la puerta…
Me parece que Amilcar Dávila, a partir de la investigación de Enrique Estrada, aborda otro problema que refleja la fragilidad de familia en Guatemala que esta asociada a las dinámicas de incesto y de violencia. Sin este abordaje completo de familia, sociedad, economía, cultura y estado será muy díficil resolver problemas que nos aquejan. Felicitaciones Amilcar.
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