¿Sabía usted que la energía en Guatemala proviene en un 75.6 por ciento de la biomasa? ¿Qué de esa cifra 56.4 por ciento proviene de bosques que no serán renovados? La magnitud de estas cifras, aparte de alarmarnos, debería llevarnos a importantes conclusiones. A mí se me ocurren dos fundamentales: nos estamos acabando los bosques y no contamos con una política energética.
Acabar con los bosques, sin considerar que podríamos estar transformando en riqueza nuestra condición de país forestal, es un pecado que pagaremos demasiado caro. Por un lado, la grave implicación que tiene para el medioambiente y la preservación del agua, por otro, ¿cómo sustituiremos este valioso recurso energético cuando se termine?
Al analizar la cuestión más a fondo, aparecen otras aristas: Guatemala posee otros grandiosos recursos energéticos que no está utilizando para su desarrollo, tales como la geotermia, la poderosa luz solar a todo lo largo del año, la energía hidráulica. Según los expertos, cada una de esas fuentes energéticas podría por sí sola sostener la totalidad de nuestras necesidades de generación eléctrica.
No cuesta mucho imaginar que con tal potencial, además de satisfacer nuestras necesidades, podríamos exportar energía. Dada la situación mundial del petróleo, este podría ser el rubro número uno de ingresos de divisas, en lugar de luchar tan denodadamente por mantener fluyendo las remesas familiares con todas sus trágicas implicaciones.
¿Qué nos tiene entonces sumergidos en el lento suicidio de acabar con nuestros bosques, utilizando como principal fuente primaria la leña que, aparte de ser altamente contaminante para el ambiente, causa graves enfermedades pulmonares?
La respuesta simple es la ausencia de una política energética. Como en muchos ámbitos del acontecer nacional, no se han generado las políticas públicas, el auténtico liderazgo del Estado ha estado ausente para articular acciones, generar información de manera transparente y confiable, aplicar la normativa con determinación, y de todas las maneras posibles abrir el camino de la oportunidad para que las comunidades conozcan y utilicen de manera productiva sus recursos energéticos.
La respuesta complicada es la multiplicidad de intereses que vedan la información y la generación de acciones de beneficio general. Los intereses de las petroleras, de las empresas productoras de energía eléctrica, de los depredadores del bosque, son poderosos y los funcionarios públicos ceden con frecuencia a sus presiones… o a sus prebendas. Muchos de nuestros ministros de Energía han tenido inconfesables conflictos de interés que nunca han sido cuestionados.
Será muy interesante averiguar cuál es la postura de los candidatos a la Presidencia de la República frente a este tema, y sobre todo, cuidarnos de que el futuro Ministro de Energía no llegue nombrado por encargo de influyentes intereses que sigan vendándonos el acceso al desarrollo equitativo que nos corresponde como ciudadanos de un país rico en recursos y posibilidades.
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