En esta campaña electoral no hay debate, hay campañas negras (dicen). Cuando varios candidatos, se reúnen ante un mismo auditorio cada quien asegura poseer la varita mágica, pero nunca la exhiben ni muestran su gracia transformadora. Jamás confrontan sus propuestas, ni siquiera se miran entre ellos a los ojos; tampoco establecen conexión espontánea con la gente. Eso sí, se atacan por la espalda con asuntos baladíes.
Esta es una campaña gris, con candidatos grises que denuncian campañas negras. Quizá porque el ego expuesto públicamente es mucho más sensible, la mayoría de candidatos y sus asesores hacen demasiado caso a las llamadas campañas negras. Fácilmente se deslizan hacia las tramas conspirativas: “están lucubrando una vasta campaña negra contra nuestro candidato… es parte de una estrategia de fraude”. O bien sacan a relucir cierta pastita autoritaria –que en temporada de cacería de votos más vale mantener apaciguada– y lanzan a los cuatro vientos su ‘spray’ paralizador:
“sabemos exactamente quiénes son y dónde se reúnen esos cobardes… estamos coleccionando todas las pruebas para procesarlos por calumnia y difamación”.
Contrario a lo que creen los candidatos y sus estrategas, las llamadas campañas negras apenas tienen un impacto indirecto sobre las votaciones; y lo alcanzan solo en la medida en que ellos mismos se aturden y distraen. O sea, cuando el candidato atacado pospone tareas preparando desmentidos y aclaraciones, con lo cual erosiona su propia capacidad de ejecutar una campaña eficaz.
Las campañas negras son ataques publicitarios, sistemáticos y muchas veces anónimos, dirigidos específicamente contra la vida privada y reputación de un líder político y su primer círculo. Son historias falsas o exageraciones montadas sobre unos pocos datos ciertos, y buscan desmoralizar a su víctima. No deben ser burdas pero sí morbosas para excitar su reproducción espontánea formando cadenas inimaginables. Han encontrado en el Internet un medio poderoso por su cobertura y velocidad; pero en sociedades como la nuestra con acceso restringido a la informática, el efecto de masas se mitiga.
Justamente a partir de lo que ha aterrizado en mi servidor en los últimos meses y que podría encajar en la definición que propuse arriba, las campañas negras son apenas ataques burdos y, a juzgar por su limitado impacto, desconectados de los estados de ánimo de la gente. Joseph Goebbels, el genio nazi de la propaganda, tenía la gracia de elaborar sus mensajes tras largas conversaciones con su madre, quien poseía la especial capacidad de percibir los miedos y preocupaciones de la gente con la que trataba a diario en el mercado. Pero acá hasta las campañas negras han resultado grises.
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