A los jóvenes no parece importarles mucho las próximas elecciones, o les son ajenas, a pesar de que son ellos quienes podrían marcar la diferencia porque son mayoría. Lo que quieren es pasarla bien mientras se pueda. En unos años les tocará asumir responsabilidades, preocupaciones y todo lo que el mundo adulto les representa: sobrevivir y abatirse. Así que ahora se defienden con el baile, con el sexo, con el ruido, con bebidas estimulantes, y, si no hay dinero para discotecas nice o la noche es su enemigo, optan por las tardes bailables de miércoles, viernes y fines de semana. Los antros medio improvisados están repartidos en varios puntos de la ciudad, y reciben a cientos de muchachos que llegan a bailar reggaetón y a perrear, sudando ajenos a lo que les preocupa a los adultos. Allí no se piensa en el futuro.
Los estudiantes bajan de autobuses, sin los útiles del colegio, aunque más de una mochila se queda encomendada en el cuarto de paquetes, junto a donde los revisan para que no introduzcan al lugar armas de fuego ni cuchillos, bajo el letrero que advierte que no se admite gente con tatuajes. A todos se los palpa una y otra vez. Las mujeres lucen la minifalda o los pantalones bien trincados, con ombligo al aire y las caras felices de quienes llegan en grupo o solas y así se irán, porque la cosa es divertirse. “En la escuela somos chicas buenas, pero aquí nos destrabamos”, dice una. Los hombres van en manada, con sus prendas comunes, flojas o simples, de tienda, canasto o paca. Ellos no tienen nada qué lucir, y se conforman con ver.
Al centro de la sala rectangular se agrupan los hombres, todos apretados y bailando como zombies, presenciando arriba, en los laterales, la pasarela de frágil baranda negra donde están las mujeres bailando, perreando, exhibiéndose como serpientes alrededor de barras o tubos, feas o bonitas, todas se ven bien, como transfiguradas, siendo deseadas por los espectadores atónitos que se olvidan de todos los problemas en el hogar y los estudios, que no hablan, que no piensan, solo ven y perciben el ruido del reggaetón que el DJ les va poniendo para que exploten y se dejen llevar. Nadie le pone importancia a quién pasa a su lado, porque están como hipnotizados. De vez en cuando me topo con una pareja, la niña con las palmas puestas en la pared, que es un espejo, mirándose reflejada mientras mueve incansable las caderas para ahogar al muchacho que está detrás suyo como perro.
Paso sin interrumpir. Son adolescentes y universitarios gozando a su manera. Se les mira contentos.
¿Por qué el Estado no hace nada para fomentar los centros de diversión con seguridad, educación y cultura? Los empresarios privados están sacando provecho de la desesperación de la juventud.
Adentro es de noche y afuera de día, y cuando el sol se esconda los muchachos saldrán en desbandada a buscar el amparo de sus hogares. Lo único que les queda es adaptarse al mundo violento donde les correspondió nacer.
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3 comentarios:
sergio santos: (2007-07-26 16:29:53 horas)
¡¡viva calle 13!!
sergio licardie V.: (2007-07-26 09:53:06 horas)
El baile es una actividad social muy importante para el desarrollo educativo, físico, de los jóvenes y la comunicación social. Sirve hasta para ir a ver según el autor. La escuela debería promoverlo como parte de sus responsabilidades para cambiar el poder de las malas influencias que organizaciones con otros objetivos tienen. Es una actividad de prevención y bajo costo social.
Manuel Aler: (2007-07-26 08:20:57 horas)
En las contrapartes clasemedieras y altas, en 4ºNorte y Zona Viva, se hace exactamente lo mismo y, como en el Megatrón y similares, algunos también consumirán abiertamente distintos tipos de estupefacientes y alcohol.
La diferencia es que unos son clasificados y tratados como "shumos", "mucos" y "mareros" y los otros como "patojos bien".
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