San Antonio es uno de los santos más queridos por los católicos guatemaltecos, por tradición franciscana y porque es el santo que hace favores, aunque se dice también que es un santo interesado porque hace favores únicamente a las personas que le ofrecen algo a cambio.
María Elena Schlesinger
San Antonio es uno de los santos más queridos por los católicos guatemaltecos, por tradición franciscana y porque es el santo que hace favores, aunque se dice también que es un santo interesado porque hace favores únicamente a las personas que le ofrecen algo a cambio. Por ejemplo, se nos pierden las llaves de la casa, entonces con mucha fe, eso sí lo de la fe es indispensable porque si no, no hay milagro, se le dice a San Antonio, “San Antonio, si aparecen las llaves, te regalo cinco monedas de un quetzal”, y si el pedimento lleva una buena dosis de fe, la cosa funciona.
Antes, los interesados ofrecían al Santo de Padua huevos para los huérfanos, dinero en oro o gallinas, y entonces, según la tradición, San Antonio, por el bien de los huérfanos, cumplía con los favores asignados, por interés, pero interés del bueno, porque se revertía en beneficio para los desposeídos.
A San Antonio se le considera el patrono de los enamorados, especialmente de las muchachas que buscan buen novio o esposo. En los albores del siglo pasado, las jóvenes mayores de 18 que estuvieran en penas de amores, por la falta de pretendiente o porque se encontraran desilusionadas por un amor perdido, acudían a San Antonio con ruegos, novenas, ofrecimientos y súplicas, para que intercediera por ellas en su vida sentimental, por lo que no es de extrañar que en los tiempos de antes los cuadritos y la imágenes de bulto de San Antonio fueran las preferidas en los hogares chapines.
Para que se sucediera el milagro, la joven casadera rezaba la novena a San Antonio, en compañía de su madre. Luego venía el pedimento, “para que no me quede solterona o para vestir santos”, imploraba la joven, y a cambio venía el ofrecimiento del cielo y la tierra y hasta los dientes del vecino. “Que si me consigues novio, San Antonio, echo en la alcancía de San Francisco 12 monedas de oro. Que ya no me importa, que le doy el sí a don Clementino, el viejito de la farmacia que tiene mal aliento, con tal de salir de la soltería, porque me quiero casar este año de blanco y coronita en la iglesia del hospicio. Porque si consigo novio, San Antonio, te mando como ofrenda el prendedor de mariposa que me regaló la abuela, el que tiene en la panza una esmeraldita color verde menta ¿porque si no me caso, qué hago San Antonio?: bolitas de miel y turroncitos para ganarme la vida…”.
Y si el tiempo pasaba y no había pretendiente tocando la puerta de la casa, la soltera en ciernes se disgustaba mucho con el santo, y entonces venía el castigo: “De cabeza te pongo como tormento hasta que cumplas mis deseos”, decían las niñas. “Que la cabeza se te llene de sangre, porque yo sigo para vestir santos, San Antonio, ¿qué pasa?”. Y sobre el mármol de la mesita del dormitorio de la niña de 20 años estaba puesto boca abajo el santito de Padua que la nana le había regalado para el último cumpleaños, porque en aquellos dorados días, las mujeres solo podían rezarle al santo para salir de penas. “Esta niña”, decía mi abuela, “San Antonio es muy difícil que le haga el milagro de conseguirle novio, mejor que vaya a la Merced y le pida a San Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles”.
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