Se trata de las mismas intenciones y los mismos instintos.
Edgar Balsells
A raíz del artículo publicado por este escribiente la semana pasada, titulado “El pícaro y la clase ociosa”, un lector me replica que es absurdo comparar los flamantes “fondos de capital de riesgo” de las grandes bolsas de valores mundiales con una estafa tercermundista, como la cometida por Sergio Chacón de Cuentas S.A. Y como para añadirle más leña al fuego, puedo aseverar una vez más que, guardando las dimensiones y “sofisticaciones” mercadológicas y financieras, la súbita extinción de esos megafondos en Wall Street no es más que un megafraude.
El opaco cristal a través del cual algunos miran las cosas les impide observar ciertos desenvolvimientos bautizados por John Kenneth Galbraith, en su libro póstumo, bajo el mote de “fraudes inocentes”. Así, afirma el genial canadiense que la distancia entre la realidad y la “sabiduría convencional” nunca había sido tan grande como hoy en día, porque el engaño y la falsedad se han hecho endémicos. Ese tipo de fraude es practicado por prominentes políticos, empresarios y académicos, que de manera inocente sustentan con su discurso y acción comportamientos tramposos, sin digerirlo ellos de esa manera; es decir “instintivos”. Tales personajes se comportan como seres normales, comen y ríen como todos nosotros y por las noches se dirigen a sus casas a convivir con hijos y familiares como si nada hubieran hecho. Y es que, afirma Galbraith “la mayoría de las personas prefiere creer en aquello que le conviene creer. Lo que predomina en la vida real no es la realidad, sino la moda del momento y el interés pecuniario”.
Se retratan así, de cuerpo entero, las desviaciones que ocurren en el mundo de las finanzas, la banca, las sociedades financieras, los mercados de valores, los fondos de inversión, las empresas de orientación y el asesoramiento financiero. En relación con los denominados “fondos de capital de riesgo”, que se explican como “naturales de las fuerzas del mercado”, priva una sobrevaloración completamente artificial, empujada por expectativas positivas sobre el futuro gracias a una prensa que hace eco, y que “le da la bienvenida al error esencial”. Así, el error compartido goza además de una buena protección. Ya no se trata de un engaño individual tercermundista, como en el caso de Chacón, sino de un asalto, en jauría y despoblado, fundado en una ignorancia ineludible pero aparentemente sofisticada, bajo nombres como “capital de riesgo”. Así, las fuerzas impersonales del mercado, la ausencia de controles públicos y la desregulación llevan a tremendos costos para la sociedad en su conjunto.
Concluimos así que, aun cuando las dimensiones de una estafa tercermundista con lo aquí tratado reflejan distancias abismales, inocente o no, se trata de las mismas intenciones y los mismos instintos de la época bárbara, tal y como lo afirmé en el artículo anterior.
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1 comentarios:
Esperanza de Paz: (2007-07-28 22:00:29 horas)
estoy de acuerdo con el ud. señor Balsells, y además creo que el "engaño y la falsedad endémica" reinan en muchos otros ámbitos de nuestras miopes sociedades.
1 comentarios: